¿No es amplia Irlanda?


Década de 1910. El joven Muiris Ó Súilleabháin y su amigo Tomás Owen Vaun se escapan de sus casas en Blasket para acudir a las carreras de Ventry. Cruzan el Blasket Sound en un curragh, van a misa en Dún Chaoin (Dunquin) y se ponen en camino hacia Ceann Trá (Ventry) a través del Clasach, un camino que discurre entre el Monte Eagle y el Croaghmarhin. Es la primera vez que Tomás sale de la isla. Alcanzada la parte más alta del Clasach…

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La música de Blasket


Documental de la TG4 en irlandés, con subtítulos en inglés, que trata sobre la música de la Gran Blasket.

 

6 naciones 2013


Imperdonable. Con el ajetreo que llevo, se me pasó por alto el inicio de la edición del 6 NACIONES de este año. Aquí dejo los emparejamientos.

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Aquí seguimos…


Últimamente el blog está un poco descuidadillo, pero es que no paro. A ver si lo retomo en cuanto tenga un respirillo. De momento, observemos cómo suben los coches por Connor Pass… ¡con los dedos cruzados para que no baje nadie!

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Port na bPúcaí


Port na bPúcaí,  ‘El lamento de las hadas‘, es una de las más conocidas melodías tradicionales irlandesas. Como ocurre con casi todo lo que no es fehacientemente comprobable en Irlanda, existen diferentes versiones sobre el origen de esta melancólica melodía.

Una de ellas cuenta que tres habitantes de la Gran Blasket regresaban a su isla procedentes de la cercana isla de Inishvickillane, cuando se empezó a escuchar cierta música proveniente del mar. Uno de ellos memorizó el sonido y al día siguiente tocó con su violín la melodía tras explicar que era el lamento de las hadas que habían escuchado el día anterior.

Otra versión de su origen es muy similar a la anterior, solo que el sonido provenía de las ballenas.

Una tercera, más prosaica, extendida y, en teoría, más creíble indica que la melodía fue compuesta por Seán Ó Riada, un compositor nacido en 1931 y considerado uno de los artífices del renacimiento de la música tradicional irlandesa de la década de 1960.

Sin embargo, esta teoría más mundana se viene abajo si se lee el libro The Western Island de Robin Flower, escrito en 1944:

En tiempos antiguos, cuando esta isla (Inishvickillane) estaba habitada, un hombre se encontraba sentado en su casa, suavizando su soledad con un violín. Sin duda estaba tocando la música favorita del campo, jigs y reels, esas danzas que harían bailar incluso a un muerto. Pero, mientras tocaba, escuchó otra música que sonaba por encima del tejado. Llegaba hasta los acantilados y volvía de nuevo, una y otra vez, una melodía errante que se repetía, hasta que se grabó en su cabeza. Cogió el arco del violín de nuevo y comenzó a dibujar sobre las cuerdas las voces de lamento según pasaban por encima de él. Desde entonces, esa melodía, port na bpúcaí, la música de las hadas, ha formado parte de su familia, todos ellos músicos habilidosos.

Si ya en 1944 se hablaba de esta melodía haciendo referencia a tiempos antiguos, difícil que la compusiera Séan Ó Riada. De cualquier forma, lo que sí es seguro es que está íntimamente ligada a las islas Blasket y, por tanto, indisolublemente relacionada con las leyendas de antaño.

La casa en una colina irlandesa


the-house-on-an-irish-hillside-when-you-know-where-youve-come-from-you-can-see-where-youre-goingThe House on an Irish Hillside. Ese es el título del libro de Felicity Hayes-McCoy, una dublinesa que hace doce años dejó el agitado y rutinario día a día de Londres y regresó a Irlanda para vivir según  lo que ella sentía. En este libro nos cuenta su experiencia.

Traduzco parte de la introducción.

Este libro narra mi historia. Lo estoy escribiendo en Irlanda, en una casa sobre una colina. La casa se asienta cobijada entre el paisaje, entre un pozo sagrado y un asentamiento de la Edad de Hierro. Fue construido con piedras arrancadas de los campos por hombres que sabían cómo erigirlas, con sus manos, y cómo unir una piedra con la siguiente de modo que quedasen firmes. Es una casa solitaria en las estribaciones de la última montaña de la península de Dingle, el extremo occidental de la Europa continental. De noche, el cielo se comba sobre ella como un cuenco oscuro, salpicado de estrellas.

Una columna de altas montañas recorre la península hacia el oeste hasta sumergirse en el océano Atlántico y se levanta de nuevo en forma de siete islas, las Blaskets. Las olas atlánticas son blancas donde se encrespan contra los acantilados. Más lejos, son de color turquesa, esmeralda brillante y jade pálido; su color varía constantemente a causa de las sombras de las nubes a la deriva. El extremo de la península mide nueve millas de largo, seis millas de ancho en su punto más amplio y tres donde se estrecha. Estas últimas millas, más allá del puerto pesquero de Dingle, se conocen entre los lugareños como el ‘fondo oeste’.

Es un lugar de música y recuerdos. Cualquier reunión termina en música, canciones e historias, legadas a través de generaciones en el musical idioma irlandés. Hoy en día, todos hablan inglés en Irlanda. Los turistas a menudo vienen y van sin percatarse siquiera de que existe un idioma irlandés. Pero existe. Aquí en Irlanda se llama irlandés, nunca gaélico. Y aquí, en el extremo de la península, es la lengua del día a día.

Crecí en Dublín, hablaba inglés y adoraba los libros. Comencé a estudiar literatura y ahora soy yo quien escribe obras de teatro y libros. Pero mis primeros recuerdos de historias y teatro están enraizados en un mundo en que la gente compartía sus experiencias sin escribir nada. Las raíces de ese mundo se encuentran en este lugar, en donde las ideas, las habilidades, las creencias y las tradiciones se han transmitido durante miles de años de boca en boca.

Vine por primera vez a Dingle con diecisiete años gracias a una beca para aprender irlandés. Desde el momento en que atravesé la montaña, me enamoré del lugar, el más hermoso que jamás había visto. Y con una forma de encarar la vida que era más profunda, más rica y más sabia que cualquiera que hubiera conocido antes. Era algo que había vislumbrado durante mi infancia en Dublín, una niña de ciudad acurrucada en la cama de mi abuela en el campo, escuchando historias. Había comenzado a entenderlo siendo estudiante, abriéndome paso entre libros y exámenes. Y entonces, en aquella primera visita, me lo encontré hecho realidad. Arraigado en ritmos y recuerdos, poderoso, dinámico y apasionante, encontré una visión compartida de un mundo de equilibrio y satisfacción.

Treinta años después encontré esta casa y mi propia porción de aquella visión. En los años que transcurrieron hasta entonces, yo me había trasladado a Londres, me había hecho actriz y me había casado con mi marido, Wilf. Durante más de la mitad de mi vida, el trabajo y la vida me habían alejado de este lugar en el que serpentean estrechas carreteras entre cunetas repletas de flores y las sombras de altas nubes que vagan sobre las montañas. Pero desde el primer día que vine aquí, siempre supe que regresaría.

Según escribo esto ahora, escuchando el canto de los pájaros en el jardín, los treinta años que tardé en encontrar esta casa me parecen nada. Menos que nada. El tiempo actúa de distinta manera aquí. En la memoria de mis vecinos, la diferencia entre decenas, cientos y miles de años apenas parece importar; la vida se mueve al ritmo circular de las estaciones, y el pasado, el presente y el futuro son simples radios en una rueda que gira. Aquí el paisaje es antiguo. Las montañas aún siguen marcadas por moldes de campos antiguos. El recuerdo de edificios antiguos está marcado sobre la tierra, en la que hierba y desarrollo se diferencian sutilmente entre escondidos cimientos. Las historias y canciones que escucho ahora junto a la chimenea son ecos de antiguas voces.

Página de Facebook:

http://www.facebook.com/TheHouseOnAnIrishHillsideByFelicityHayesMcCoy

Blog:

http://felicityhayes-mccoy.blogspot.co.uk/

Entrevista a Sue Redican


Anteriormente ya hablé de Sue Redican, una galesa que vive la mitad del año en la Gran Blasket. Hoy os traigo una entrevista publicada en el diario The Kerryman el 30 de octubre de 2003.

ENTREVISTA A SUE REDICAN

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