Archivo de la categoría: Literatura irlandesa

Lugares de interés del condado de Sligo (parte 3 de 4)


Afrontamos sin mayor dilación la tercera entrega del recorrido por el condado de Sligo.

Podéis acceder al mapa con los nombres de cada lugar en este enlace

ABADIA DE SLIGO

(Abbey Street, Sligo – N 54º 16.244, W 8º 28.242)

La llamada Abadía de Sligo (aunque en realidad su nombre es Monasterio Dominico de Sligo) es uno de los monumentos a cargo del Dúchas (Patrimonio de Irlanda). Al igual que en Carrowmore, la entrada cuesta 3€ y también te ofrecen un folleto en castellano (aunque en este caso no me pidieron ningún depósito, me verían cara de buena gente).

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Fue fundada entre 1252 y 1253 por Maurice Fitzgerald, Segundo Barón de Offaly. El monasterio consiguió sobrevivir a los agitados tiempos de los siglos XIII y XIV, no como el antiguo castillo de Sligo, destruido 4 veces entre 1245 y 1295.  Sin embargo, el monasterio, como toda la ciudad de Sligo, fue arrasado por un incendio fortuito en 1414. Reconstruido al poco tiempo por Fray Bryan McDonagh, se convirtió en el emplazamiento de las tumbas de un gran número de las familias más importantes del norte de Connacht. Este hecho sirvió a los O’Connor de Sligo para solicitar, en 1568, a la reina Isabel I de Inglaterra que concediese la dispensa de disolución al monasterio, petición que fue concedida a condición de que los frailes se convirtieran en clérigos seculares (que no deben hacer votos de pobreza, castidad y obediencia).

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En 1641, la ciudad de Sligo, y su monasterio, fue saqueada por las tropas parlamentarias (enfrentadas en guerra civil con las tropas del Rey Carlos I de Inglaterra) al mando de Sir Fredrick Hamilton. Todos los frailes fueron ejecutados pero a lo largo de ese mismo siglo llegaron nuevos frailes para hacerse cargo del monasterio, siendo expulsados en 1698 cuando se concedió la propiedad a Sir William Taaffe.

Durante el siglo XVIII, también la abadía de Sligo sirvió como cantera a los habitantes de la zona., a pesar de que, de nuevo, había frailes residiendo en ella. Este uso de sus materiales se detuvo por orden de Fray Laurence Connellan, quien decidió que la comunidad de religiosos debía trasladarse a algún otro lugar, quedando definitivamente abandonada.

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A mediados del siglo XIX comenzaron las primeras labores de restauración, seguidas por nuevas obras en 1883. En 1893, parte de los edificios que conformaban el monasterio pasaron a manos de la Comisión de Obras Públicas. En 1913, la totalidad del monasterio dependía de dicha Comisión.

Visitar la Abadía de Sligo con cierto detenimiento puede llevar aproximadamente una hora, recorriendo todo lo que queda de ella, que no es poco.

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CEMENTERIO DE LA HAMBRUNA DE SLIGO

(Clarion Road, Sligo – N 54º 16.885, W 8º 28.097)

En la parte norte de la ciudad de Sligo, junto al Hospital St. John, existe un pequeño cementerio de la época de la Gran Hambruna (1845-1847).  Se puede aparcar sin problemas en las coordenadas mencionadas y, aunque existe una puerta de acceso directa, esta se encuentra cerrada con un candado desde hace algún tiempo y no parece que se vaya a resolver esta situación pese a la lucha que mantienen algunos habitantes de Sligo con su ayuntamiento por este hecho. Las autoridades aducen que la verja de esa puerta de entrada ha sido dañada en alguna ocasión (aunque no sé qué soluciona un candado).

Para acceder hay que ir hacia la derecha, entrar en el hospital St. John y dirigirse hacia la izquierda para entrar por la puerta trasera del cementerio, donde se encuentran ubicados los contenedores de basura del hospital, otro hecho muy criticado y que se lleva un año intentando solucionar, pidiendo a las autoridades locales que modifiquen el emplazamiento de los mismos, pero parece que eso conlleva demasiados trámites, sorprendentemente.

A la entrada del cementerio (tanto por la puerta delantera candada, como por la trasera), encontramos una placa que dice:

CEMENTERIO DE LA GRAN HAMBRUNA.

Estás entrando en un cementerio de la hambruna abandonado hace tiempo. Aquí, en el terreno que ocupaba la Casa Taller de Sligo en 1841, yacen enterrados los huesos desolados de innumerables miles de almas sin nombre – “Vi a mujeres y niños pequeños,  multitud de ellos a los que se veía diseminados por los campos de nabos, como una manada de cuervos famélicos, devorando nabos crudos, las madres semidesnudas, tiritando bajo la nieve y la lluvia gélida, profiriendo exclamaciones desesperadas mientras sus hijos gritaban de hambre… La casa taller está completa y la policía se aposta a sus puertas para expulsar a quien se acerca…” Capitán Wynne, Inspector del Distrito, Nochebuena de 1841.
Desnutridos, sucios, sin nadie que llorase por ellos,
aquí yacen los restos.
A nosotros, los supervivientes, el aterrorizado rito del enterramiento,
en nuestras manos sus huesos pisoteados, vigilia perpetua.

Financiado por el Comité en Recuerdo de la Hambruna del Condado de Sligo.

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Una vez dentro, vemos que no se aprecian tumbas, ni lápidas. Efectivamente, fueron quitadas o recolocadas, aunque los cuerpos permanecen aún bajo el césped. En el camino de la derecha podemos ver aún una lápida a ras de suelo, la única que se conserva en su lugar. En la parte opuesta, una reconstrucción con piedras de la época de otra tumba, y en la parte frontal, una escultura de bronce que simboliza la dignidad humana y conmemora a los desconocidos que yacen en el lugar.

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Al fondo a la izquierda, una señal nos señala el camino al Cementerio Infantil, donde se enterraron a los niños fallecidos por hambre o enfermedades en aquella época.

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Tampoco hay ninguna tumba como tal, aunque los cuerpos permanecen bajo tierra.

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La noche anterior a mi visita, busqué algo de información en internet y llegué a un blog administrado por una mujer inglesa residente en Sligo desde hace 21 años llamada Val. Mandé un mensaje para informarme de cómo entrar al leer que la entrada principal se encontraba cerrada y recibí su respuesta.

Cuando llegué por la mañana al aparcamiento, allí se encontraba ella, esperándome sin ni siquiera saber si iba a ir finalmente o a qué hora llegaría. Es de agradecer tanto este detalle como la lucha que mantiene para solucionar la situación del cementerio y para honrar la memoria de tantos habitantes de la ciudad que fallecieron durante el genocidio de mediados del siglo XIX.

DRUMCLIFF

(Salir de Sligo por la N15 – N 54º 19.567, W 8º 29.696)

El pueblo de Drumcliff es conocido sobre todo por ser el lugar donde se encuentra enterrado el Premio Nobel de Literatura irlandés William Butler Yeats. Los que fueran los terrenos del monasterio de Drumcliff, fundado en el siglo VI por San Columba, están ahora atravesados por la carretera N15, que separa los restos de la torre circular de la iglesia en cuyo cementerio, a los pies del monte Ben Bulben, descansa el literato irlandés.

La torre, situada al oeste de la N15, se remonta al siglo X o XI. Hay constancia de que un rayo impactó en ella en 1396 y que, una vez más, se utilizó gran parte de sus piedras para construir un puente cercano durante los siglos XVIII o XIX.

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Al otro lado de la carretera, junto al aparcamiento, se levantan 3 altas cruces en los que fueran terrenos de una abadía.

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Junto a la iglesia protestante de San Columba se encuentra la tumba de Yeats (exactamente, si miramos de frente la iglesia, es la tumba que queda a la altura de la entrada por su flanco izquierdo). Yeats, nacido en Dublín, pasó gran parte de su juventud en Sligo y muchas son las referencias toponímicas de la región en su obra. Falleció en París durante la Segunda Guerra Mundial pero, tal y como era su deseo, sus restos fueron exhumados y trasladados a algún lugar bajo la sombra del Ben Bulben. Su abuelo había sido párroco de la iglesia de Drumcliff entre 1811 y 1846. Uno de sus últimos poemas, titulado ‘Bajo el Ben Bulben’,  finaliza así:

Bajo la cima desnuda del Ben Bulben,
en el cementerio de Drumcliff, yace Yeats,
un antepasado suyo fue allí párroco
muchos años ha; cerca se alza una iglesia,
y una antigua cruz junto al camino.
Ni mármol ni una frase ya manida;
sobre piedra calcárea del lugar,
como él mandó está grabada esta frase:
Mira fríamentela vida, la muerte.
¡Prosigue, jinete!

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El epitafio que aparece en su tumba son esos últimos versos.

TUMBA DE CORREDOR DE DEERPARK

(Carretera R278, 10 km al este de Sligo – N 54º 16.926, W 8º 22.544)

La tumba de corredor de Deerpark, también llamada Magheraghanrush, se encuentra sobre una cresta rodeada de árboles. Mide 30 metros y vista desde el aire parece el trazado de una silueta humana muy básica. Las tumbas de corredor eran más que tumbas y solían servir como templos donde celebrar rituales.

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Desde el aparcamiento, hay que entrar en el parque y justo tras el cartel informativo, donde el sendero se divide en dos, seguir hacia la derecha. Luego solo hay que seguir los pequeños postes que indican HISTORIC TRAIL. En 15 minutos aproximadamente se llega hasta Magheraghanrush. Para volver se puede optar por regresar por el mismo camino o proseguir por el sendero, lo que lleva otros 20 minutos, hasta cerrar el círculo.

ISLA DE INNISFREE

(Lago Gill – N 54º 14.647, W 8º 21.218)

La isla de Innisfree no sería más que otra isla de un lago, como las muchas que hay en este condado, si no fuera porque Yeats le dedicó un poema.

Me levantaré y me pondré en marcha, y a Innisfree iré,
y una choza haré allí, de arcilla y espinos:
nueve surcos de habas tendré allí, un panal para la miel,
y viviré solo en el arrullo de los zumbidos.

Y tendré algo de paz allí, porque la paz viene goteando con calma,
goteando desde los velos de la mañana hasta allí donde canta el grillo;
allí la medianoche es una luz tenue, y el mediodía un brillo escarlata
y el atardecer pleno de alas de pardillo.

Me levantaré y me pondré en marcha, noche y día,
oigo el agua del lago chapotear levemente contra la orilla;
mientras permanezco quieto en la carretera o en el asfalto gris
la oigo en lo más profundo del corazón.

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Situada junto a la orilla sur del Lago Gill, se aparca en las coordenadas facilitadas y se sigue el sendero durante un par de minutos hasta llegar a la pequeña plataforma que sirve como muelle a las embarcaciones que transportan al turista hasta la isla.

CASCADA DE GLENCAR

(Salir de Sligo por la N16 y seguir las señales – N 54º 20.297, W 8º 22.146)

Aunque la cascada de Glencar está emplazada en el condado de Leitrim, se encuentra a poca distancia de la frontera con Sligo y también es conocida porque Yeats hace referencia a ella en su poema “El niño robado”:

[…]Donde el agua errante cae
Desde los cerros a Glen-Car,
En lagunas entre los rápidos
Que casi podrían bañar una estrella,
Buscamos las truchas que dormitan
Y susurrando en sus oídos
Les damos sueños inquietos;
Inclinándonos con suavidad desde
Los helechos que lloran
Sobre los jóvenes arroyos.
¡Márchate, oh niño humano!
A las aguas y lo silvestre
con un hada, de la mano,
pues hay en el mundo más llanto del que puedes entender.[…]

Tras aparcar el coche, un paseo de 5 minutos entre árboles nos lleva hasta este delicioso lugar donde el agua se precipita desde una altura de 15 metros y se encamina hacia el cercano Lago Glencar.

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Cartas desde la Gran Blasket


lettersLetters from the Great Blasket, de Eibhlís Ní Shúilleabháin, es el título de una serie de cartas que Eibhlís envió a lo largo de treinta años a su amigo George Chambers, uno de los visitantes de la Gran Blasket. Chambers conservó las cartas que recibió de Eibhlís y su familia más cercana  más tarde las preparó para publicarlas. Nunca se publicaron. Los manuscritos originales de las cartas que abarca el período que aquí se trata no se conservan, o al menos el editor, Seán Ó Coileáin no pudo tener acceso a ellas. La presente edición se centra en aquellos pasajes que describen diversos aspectos de la vida en la Gran Blasket antes de la marcha de Eibhlís. Aunque el resultado puede no ser un ejemplo de gran literatura, es no obstante una lectura apasionante. Disfrutadla.

CARTAS DESDE LA GRAN BLASKET

¿No es amplia Irlanda?


Década de 1910. El joven Muiris Ó Súilleabháin y su amigo Tomás Owen Vaun se escapan de sus casas en Blasket para acudir a las carreras de Ventry. Cruzan el Blasket Sound en un curragh, van a misa en Dún Chaoin (Dunquin) y se ponen en camino hacia Ceann Trá (Ventry) a través del Clasach, un camino que discurre entre el Monte Eagle y el Croaghmarhin. Es la primera vez que Tomás sale de la isla. Alcanzada la parte más alta del Clasach…

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La casa en una colina irlandesa


the-house-on-an-irish-hillside-when-you-know-where-youve-come-from-you-can-see-where-youre-goingThe House on an Irish Hillside. Ese es el título del libro de Felicity Hayes-McCoy, una dublinesa que hace doce años dejó el agitado y rutinario día a día de Londres y regresó a Irlanda para vivir según  lo que ella sentía. En este libro nos cuenta su experiencia.

Traduzco parte de la introducción.

Este libro narra mi historia. Lo estoy escribiendo en Irlanda, en una casa sobre una colina. La casa se asienta cobijada entre el paisaje, entre un pozo sagrado y un asentamiento de la Edad de Hierro. Fue construido con piedras arrancadas de los campos por hombres que sabían cómo erigirlas, con sus manos, y cómo unir una piedra con la siguiente de modo que quedasen firmes. Es una casa solitaria en las estribaciones de la última montaña de la península de Dingle, el extremo occidental de la Europa continental. De noche, el cielo se comba sobre ella como un cuenco oscuro, salpicado de estrellas.

Una columna de altas montañas recorre la península hacia el oeste hasta sumergirse en el océano Atlántico y se levanta de nuevo en forma de siete islas, las Blaskets. Las olas atlánticas son blancas donde se encrespan contra los acantilados. Más lejos, son de color turquesa, esmeralda brillante y jade pálido; su color varía constantemente a causa de las sombras de las nubes a la deriva. El extremo de la península mide nueve millas de largo, seis millas de ancho en su punto más amplio y tres donde se estrecha. Estas últimas millas, más allá del puerto pesquero de Dingle, se conocen entre los lugareños como el ‘fondo oeste’.

Es un lugar de música y recuerdos. Cualquier reunión termina en música, canciones e historias, legadas a través de generaciones en el musical idioma irlandés. Hoy en día, todos hablan inglés en Irlanda. Los turistas a menudo vienen y van sin percatarse siquiera de que existe un idioma irlandés. Pero existe. Aquí en Irlanda se llama irlandés, nunca gaélico. Y aquí, en el extremo de la península, es la lengua del día a día.

Crecí en Dublín, hablaba inglés y adoraba los libros. Comencé a estudiar literatura y ahora soy yo quien escribe obras de teatro y libros. Pero mis primeros recuerdos de historias y teatro están enraizados en un mundo en que la gente compartía sus experiencias sin escribir nada. Las raíces de ese mundo se encuentran en este lugar, en donde las ideas, las habilidades, las creencias y las tradiciones se han transmitido durante miles de años de boca en boca.

Vine por primera vez a Dingle con diecisiete años gracias a una beca para aprender irlandés. Desde el momento en que atravesé la montaña, me enamoré del lugar, el más hermoso que jamás había visto. Y con una forma de encarar la vida que era más profunda, más rica y más sabia que cualquiera que hubiera conocido antes. Era algo que había vislumbrado durante mi infancia en Dublín, una niña de ciudad acurrucada en la cama de mi abuela en el campo, escuchando historias. Había comenzado a entenderlo siendo estudiante, abriéndome paso entre libros y exámenes. Y entonces, en aquella primera visita, me lo encontré hecho realidad. Arraigado en ritmos y recuerdos, poderoso, dinámico y apasionante, encontré una visión compartida de un mundo de equilibrio y satisfacción.

Treinta años después encontré esta casa y mi propia porción de aquella visión. En los años que transcurrieron hasta entonces, yo me había trasladado a Londres, me había hecho actriz y me había casado con mi marido, Wilf. Durante más de la mitad de mi vida, el trabajo y la vida me habían alejado de este lugar en el que serpentean estrechas carreteras entre cunetas repletas de flores y las sombras de altas nubes que vagan sobre las montañas. Pero desde el primer día que vine aquí, siempre supe que regresaría.

Según escribo esto ahora, escuchando el canto de los pájaros en el jardín, los treinta años que tardé en encontrar esta casa me parecen nada. Menos que nada. El tiempo actúa de distinta manera aquí. En la memoria de mis vecinos, la diferencia entre decenas, cientos y miles de años apenas parece importar; la vida se mueve al ritmo circular de las estaciones, y el pasado, el presente y el futuro son simples radios en una rueda que gira. Aquí el paisaje es antiguo. Las montañas aún siguen marcadas por moldes de campos antiguos. El recuerdo de edificios antiguos está marcado sobre la tierra, en la que hierba y desarrollo se diferencian sutilmente entre escondidos cimientos. Las historias y canciones que escucho ahora junto a la chimenea son ecos de antiguas voces.

Página de Facebook:

http://www.facebook.com/TheHouseOnAnIrishHillsideByFelicityHayesMcCoy

Blog:

http://felicityhayes-mccoy.blogspot.co.uk/

El regreso de Muiris a su hogar


Aunque Muiris Ó Súilleabháin nació en la Gran Blasket, su madre murió cuando contaba con tan solo 6 meses de edad, por lo que fue enviado a tierra a firme, a casa de unos parientes en Dingle. Cuando cumplió siete años, su padre consideró que ya era el momento de volver a su propia casa. Este es el relato que él mismo escribió sobre su regreso a la Isla en Veinte años creciendo, situando esas escenas en su lugar actual.

 

 

El telegrama – Muerte de Muiris Ó Súilleabháin


Telegrama que envió Cáit, la esposa de Muiris ó Súilleabháin, al profesor y amigo George Thompson, el 26 de junio de 1950,  comunicando la muerte de su marido.

“Maurice se ahogó ayer en Galway”

EL PRIMER GRAMÓFONO EN BLASKET


En el libro Blasket Memories, Seán Ó Criomhthain narra las peripecias del primer gramófono en llegar a Blasket y las consecuencias…

Una desconocida que hablaba irlandés de modo fluido llegó a la Isla con cuatro niños parientes suyos. La intención de esta señora era que el irlandés de la gente de la Isla martillease los oídos de los cuatro. Estos niños solían ir a todas partes con los niños de la Isla y acabaron cogiéndose mutuo cariño. Cuando esta anciana señora les dijo cierto día que debían irse preparando para el viaje de vuelta a casa al día siguiente, ellos no querían moverse pues estaban disfrutando de los días de sus vidas, bajo el sol en la playa y la colina, en los botes, nadando, en el mar. ¿Y qué podía ofrecerles Dublín aparte de las baldosas de las calles y el ruido y el barullo de la ciudad? Al final, fue capaz de controlarlos y llevárselos de vuelta a casa con el doble de irlandés que el que tenían a su llegada.

En las vacaciones del siguiente verano, esta señora, junto con los cuatro niños, llegó de nuevo a la Isla. Todos y cada uno de ellos ya se había familiarizado con la vida de los habitantes de la Isla y os prometo que los mayores no andaban buscándolos, en especial los pescadores, porque esos niños solían meterse de un brinco en los naomhogs y nunca podía saberse cuándo uno de ellos podría caer al mar o cuándo un cangrejo podría cerrar su pinza en sus piernas. Con todo, los isleños eran muy amables con ellos porque eran muy educados y sabían guardar las formas.

En esta su segunda visita, la señora invitó a los niños de la Isla y a quien estuviese interesado a escuchar música. Pensaban que nunca iba a llegar la noche. Como se suele decir, el tiempo pasa despacio para quienes esperan. Por fin llegó la noche y todos los habitantes de la Isla, grandes y pequeños, se reunieron. Una de las chicas del grupo de visitantes sacó una caja y la colocó sobre la mesa. La abrió y la preparó para que sonase la música. Nadie dejó salir un solo sonido mientras mantenían sus ojos fijos en la caja y escuchaban la música más hermosa que salía de la caja. Algunas de las ancianas y los ancianos no parecían muy contentos porque creían que debía ser algo parecido a un milagro y cuanto antes se deshiciesen de la caja mejor. Los muchachos y muchachas comenzaron a danzar al son de la música, una música muy agradable, y siguieron hasta la hora de acostarse. En ese momento la señora de Dublín anunció que ya era suficiente. “El próximo domingo,” dijo, “habrá más música en la calle después de la misa.”

Ese fue el primer gramófono en llegar a la Isla y despertó más interés que ningún otro instrumento musical que hubiera llegado antes o llegase después. Se bautizó a esa noche como “El gramófono de Máire” y aún la conocen así quienes estuvieron presentes.

Llegó el domingo y se sacó a la calle el gramófono. Todo el pueblo se reunió a su alrededor y el día era tan apacible que podía escucharse incluso en Coumeenole. En aquellos tiempos había más de veinte asnos en la Isla. Algunos estaban encima del pueblo, en la ladera de la colina mientras que los otros se encontraban cerca del gramófono. Cuando el gramófono comenzó a sonar, un asno comenzó a rebuznar. Luego, otro asno y luego otro, hasta que todos se pusieron a rebuznar. Se volvieron locos y era imposible escuchar el gramófono. El grupo de Dublín prefería escuchar a los asnos que al gramófono porque nunca antes habían visto enloquecer a los asnos. Cuatro asnos se enredaron y se entrelazaron entre ellos y todos pensaban que tarde o temprano se separarían, pero no fue así. No cesaron de moverse hasta que se despeñaron por el acantilado. Al ver lo que les había ocurrido a los asnos, la gente casi parte en dos el gramófono y a Máire también. Nunca volvió a sacarse a la calle. Hubo muchos comentarios entre los isleños acerca del gramófono pues estaban enfadados por lo que les había hecho a los cuatro asnos. Algunas ancianas más tarde dijeron que el mismísimo demonio habitaba dentro del gramófono con todas sus fuerzas diabólicas, pues en su opinión nada que fuese bueno podría hacer mal alguno.

Y llegó el día en que Máire y su gramófono abandonaron la Isla, sin buenos deseos por parte de aquellos cuyos asnos se habían caído por el acantilado. Mientras la Isla estuvo habitado, había un dicho: “El gramófono de Máire y los asnos de Seán y Pad.” Hubo algunas casas en la Isla en la que no se volvió a permitir bailar o tocar música, ni incluso aunque se les pagase una fortuna.

Una chica volvió de América y… ¿no traía un gramófono con ella? Lo puso sobre la mesa una noche y estaba a punto de hacerlo sonar cuando su madre, que estaba en una esquina junto al fuego, agarró unas tenazas. Amenazó a la chica para que sacase esa maldita cosa de su casa o de lo contrario haría que todas las vacas y asnos del pueblo acabasen acantilado abajo. La chica no quiso decir nada pero a la mañana siguiente hizo la bolsa y se volvió al norte. Nunca se volvió a saber de ella.

Una bonita mañana de verano algún tiempo después, llegó un barco de Inglaterra. Echó el ancla porque había venido a comprar langostas y tenía que esperar hasta la tarde a que llegasen los pescadores. El capitán sacó su gramófono y comenzó a sonar la música. Sonaba el doble de fuerte que el de Máire. De inmediato, los asnos comenzaron a rebuznar otra vez pero, por mi alma, varios hombres los rodearon y los encerraron. Fue la fortuna divina la que le hizo actuar así, porque de lo contrario, se habrían enzarzado de nuevo y más de la mitad habría acabado cayendo por el acantilado.

La Isla ya ha sido abandonada y desde que la gente se marchó ni la música ni los instrumentos musicales importan un comino. El sonido más dulce en cualquier lugar es el de los niños y la gente y solitario es el lugar que no tiene esos dos sonidos. Si cualquiera que conociera la Isla en su máximo apogeo fuese de visita hoy, sólo le recordaría a un cementerio.

Y llegará el día en que no tenga sentido decirle a la gente que la vida, tal y como yo la he descrito, existió allí durante muchos años. Mientras viví en la Isla vi con mis propios ojos la vida más maravillosa que jamás haya visto pero mucho me temo que jamás volveré a ver a nadie como nosotros.