La casa en una colina irlandesa


the-house-on-an-irish-hillside-when-you-know-where-youve-come-from-you-can-see-where-youre-goingThe House on an Irish Hillside. Ese es el título del libro de Felicity Hayes-McCoy, una dublinesa que hace doce años dejó el agitado y rutinario día a día de Londres y regresó a Irlanda para vivir según  lo que ella sentía. En este libro nos cuenta su experiencia.

Traduzco parte de la introducción.

Este libro narra mi historia. Lo estoy escribiendo en Irlanda, en una casa sobre una colina. La casa se asienta cobijada entre el paisaje, entre un pozo sagrado y un asentamiento de la Edad de Hierro. Fue construido con piedras arrancadas de los campos por hombres que sabían cómo erigirlas, con sus manos, y cómo unir una piedra con la siguiente de modo que quedasen firmes. Es una casa solitaria en las estribaciones de la última montaña de la península de Dingle, el extremo occidental de la Europa continental. De noche, el cielo se comba sobre ella como un cuenco oscuro, salpicado de estrellas.

Una columna de altas montañas recorre la península hacia el oeste hasta sumergirse en el océano Atlántico y se levanta de nuevo en forma de siete islas, las Blaskets. Las olas atlánticas son blancas donde se encrespan contra los acantilados. Más lejos, son de color turquesa, esmeralda brillante y jade pálido; su color varía constantemente a causa de las sombras de las nubes a la deriva. El extremo de la península mide nueve millas de largo, seis millas de ancho en su punto más amplio y tres donde se estrecha. Estas últimas millas, más allá del puerto pesquero de Dingle, se conocen entre los lugareños como el ‘fondo oeste’.

Es un lugar de música y recuerdos. Cualquier reunión termina en música, canciones e historias, legadas a través de generaciones en el musical idioma irlandés. Hoy en día, todos hablan inglés en Irlanda. Los turistas a menudo vienen y van sin percatarse siquiera de que existe un idioma irlandés. Pero existe. Aquí en Irlanda se llama irlandés, nunca gaélico. Y aquí, en el extremo de la península, es la lengua del día a día.

Crecí en Dublín, hablaba inglés y adoraba los libros. Comencé a estudiar literatura y ahora soy yo quien escribe obras de teatro y libros. Pero mis primeros recuerdos de historias y teatro están enraizados en un mundo en que la gente compartía sus experiencias sin escribir nada. Las raíces de ese mundo se encuentran en este lugar, en donde las ideas, las habilidades, las creencias y las tradiciones se han transmitido durante miles de años de boca en boca.

Vine por primera vez a Dingle con diecisiete años gracias a una beca para aprender irlandés. Desde el momento en que atravesé la montaña, me enamoré del lugar, el más hermoso que jamás había visto. Y con una forma de encarar la vida que era más profunda, más rica y más sabia que cualquiera que hubiera conocido antes. Era algo que había vislumbrado durante mi infancia en Dublín, una niña de ciudad acurrucada en la cama de mi abuela en el campo, escuchando historias. Había comenzado a entenderlo siendo estudiante, abriéndome paso entre libros y exámenes. Y entonces, en aquella primera visita, me lo encontré hecho realidad. Arraigado en ritmos y recuerdos, poderoso, dinámico y apasionante, encontré una visión compartida de un mundo de equilibrio y satisfacción.

Treinta años después encontré esta casa y mi propia porción de aquella visión. En los años que transcurrieron hasta entonces, yo me había trasladado a Londres, me había hecho actriz y me había casado con mi marido, Wilf. Durante más de la mitad de mi vida, el trabajo y la vida me habían alejado de este lugar en el que serpentean estrechas carreteras entre cunetas repletas de flores y las sombras de altas nubes que vagan sobre las montañas. Pero desde el primer día que vine aquí, siempre supe que regresaría.

Según escribo esto ahora, escuchando el canto de los pájaros en el jardín, los treinta años que tardé en encontrar esta casa me parecen nada. Menos que nada. El tiempo actúa de distinta manera aquí. En la memoria de mis vecinos, la diferencia entre decenas, cientos y miles de años apenas parece importar; la vida se mueve al ritmo circular de las estaciones, y el pasado, el presente y el futuro son simples radios en una rueda que gira. Aquí el paisaje es antiguo. Las montañas aún siguen marcadas por moldes de campos antiguos. El recuerdo de edificios antiguos está marcado sobre la tierra, en la que hierba y desarrollo se diferencian sutilmente entre escondidos cimientos. Las historias y canciones que escucho ahora junto a la chimenea son ecos de antiguas voces.

Página de Facebook:

http://www.facebook.com/TheHouseOnAnIrishHillsideByFelicityHayesMcCoy

Blog:

http://felicityhayes-mccoy.blogspot.co.uk/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s