ENCUENTRO EN BLASKET: EL REGRESO


Dentro de las actividades que se están llevando a cabo dentro de THE GATHERING IRELAND 2013, desde hoy 23 de mayo y hasta el 29 se celebra en la península de Dingle THE BLASKETS GATHERING FESTIVAL, coincidiendo con el 60º aniversario de la evacuación definitiva de la Gran Blasket. Uno de los actos centrales será la presentación del libro “From the Great Blasket to America: The Last Memoir by an Islander“, escrito por Mike Carney, nacido en la Gran Blasket y que, a sus 93 años, reside en EEUU.

A continuación traduzco un interesante artículo del Irish Times, escrito por Felicity Hayes McCoy (autora de “The House on an Irish Hillside“), y dejo un vídeo con una pequeña entrevista a Mike Carney.

An island 'meitheal' of work party, including Peats Ó Cearnaigh and Micheál Bofar Ó Catháin, centre front

ENCUENTRO EN LAS BLASKETS: EL REGRESO DE UN ISLEÑO

Peig. Para toda una generación de escolares irlandeses, ese nombre suponía un insulto y un agravio. No podías obtener el título de bachiller a menos que aprobaras el examen de irlandés, caminando a través de las soporíferas reminiscencias de una viejecita con “un pie en la tumba y otro en el borde.”

Fue de lectura obligatoria hasta 1990. El odio por ese libro se sumaba a la aversión por la propia Peig, y el legado permanece. Solo hace falta teclear “Peig Sayers” en un buscador para encontrar esos elevados niveles de agresión que aún despierta su nombre.

En 1953, Sayers se encontraba entre los 22 habitantes que aún residían en la isla de Gran Blasket que el Gobierno evacuó a la Península de Dingle. La vida en la Isla se había vuelto insostenible. La mayoría había emigrado a América, los que quedaban envejecían y las mujeres eran cada vez más reacias a casarse con un estilo de vida muy duro, con la soledad y con la miseria.

Hasta el momento de su evacuación, la comunidad de Blasket había conservado una forma pura y particular de la lengua irlandesa y unos nexos sólidos con el patrimonio oral que el erudito clásico George Thompson consideraba tan antiguo y comparable con el de la Antigua Grecia.

Incluía un humor mundano que la Irlanda de la época no terminaba de conciliar con el hondo sentimiento espiritual de los isleños, que se describía, en la época en que Thompson estuvo allí, como un devoto Catolicismo Romano.

Inevitablemente, el hecho de que el patrimonio cultural de los isleños fuera oral y estuviese estrechamente ligado con el aislamiento y la independencia suponía que la evacuación en sí misma amenazase su supervivencia. De hecho, si los académicos ingleses Thompson y Robin Flower y el profesor noruego Carl Marstrander no hubiesen visitado la Isla a comienzos del siglo veinte, se podría haber perdido incluso el recuerdo de sus habitantes.

En cambio, durante sus últimos años en la Gran Blasket y posteriormente en tierra firme, la comunidad escribio una extraordinaria colección de libros, uno de los cuales fue ‘Peig’. Animados por Thompson y Flower, dictados, editados y traducidos con  su ayuda y la de otros visitantes, los libros se publicaron con el apoyo de escritores como el novelista EM Foster, que escribió el prólogo a ‘The Islandman’, la primera de las autobiografías, de Tomás Ó Criomhthain.

Fue un esfuerzo consciente de esos escritores de la Isla para preservar el pasado de Irlanda en el futuro, y eran plenamente conscientes de la ironía y complejidad de una situación en la que la obligación hacia su cultura oral requería que se pusiesen a escribir.

Ahora, más de ochenta años después de que se publicase ‘The Islandman’ y sesenta años después de la evacuación, se ha publicado la última autobiografía de un nativo de la Isla. Hace unas semanas, me encontraba sentada en una oficina del Centro de Interpretación de Blasket en Dún Chaoin, escuchando a su autor, Mike Carney, de 93 años, que hablaba por teléfono desde su casa en Springfield, Massachusetts.

Aunque Carney solo tenía 16 años cuando dejó la Isla, su conexión emocional con ella nunca se ha perdido. Todo lo que faltaba, dice, era inversión. “De Valera la visitó en 1947. Habíamos escrito cartas para pedir ayuda. No había ni un muelle. Los políticos hablan mucho pero las palabras se las lleva el viento. Necesitábamos acciones.”

Seán, el hermano de 24 años de Mike, había fallecido a causa de meningitis en la Isla. “Hacía mal tiempo y no pudieron conseguir un médico. El único teléfono que el gobierno nos había dado llevaba sin funcionar una semana.”

Tres isleños se enfrentaron al temporal en un naomhóg para conseguir un ataúd en tierra firme. Lo transportaron por la montaña desde Dingle a Dún Chaoin, el último pueblo en el extremo de la península, pero el peso del ataúd y el mar encrespado imposibilitaron regresar a la Isla.

El cadáver de Seán yació durante tres días en la cama de su padre. Cuando el cuerpo pudo llegar a tierra firme, debía determinarse el motivo de la muerte. El trauma de aquella experiencia aún resuena en el recuerdo de Carney: “Mi padre les dijo que escribiesen que el gobierno lo había matado. Estaba muy enfadado. Y yo también.”

Esa ira, y el temor ante el envejecimiento de la población de la Isla, impulsó a Carney a escribir su propia carta a de Valera preguntando por qué, si el gobierno estimaba el idioma, no hacía todo lo posible por sostener el modo de vida de la gente que lo preservaban. Para entonces, merced a la inercia del gobierno, el declive de la industria pesquera y el despoblamiento continuo, había llegado a la conclusión de que la única solución era la evacuación.

Hoy, desde su casa en EEUU, continúa trabajando junto con otros para preservar el legado de los isleños. ¿Por qué? “Para que perviva cuando yo esté muerto.”

Pero quizás debamos aprender una lección de la decisión de endilgar las reminiscencias escritas de Peig a una generación de lectores que, en su mayoría, desconocían por completo la lucha de las comunidades que ella describió.

Insistir en los valores de su libro sin su contexto sería tan estúpido como mostrar la Península de Dingle como destino turístico cultural sin verla también como una comunidad diversa y viva. La cultura fuera de su contexto se vuelve insignificante; la cultura oral sin su idioma muere.

En 1987, Carney contribuyó decisivamente a crear Fondúireacht an Bhlascaoid, La Fundación de la Isla Blasket, una organización privada sin ánimo de lucro “para mantener vivo el espíritu de la Isla y promocionar su recuerdo.”

La Isla sigue deshabitada. A menudo se pierde bajo la niebla. Después, cuando las nubes se desplazan, reaparece en el horizonte como Hy-Brasil, con sus acantilados oscuros brillando como peltre pulido. Frente a ella, el Centro de Interpretación de Blasket cobija un archivo de material audiovisual e impreso sobre la Isla, salas de conferencias y de exhibición, una librería y un café.

La estatua del ‘Isleño’ se levanta encorvada y en tensión contra el viento del Atlántico, con su sombrero de ala baja aferrado a la cabeza y abrigo de piedra ondeando tras él.

El dinero para el estudio de viabilidad del centro fue recaudado por la fundación; el edificio, abierto en 1984, fue financiado por el gobierno. La fundación celebra allí una conferecnia conmemorativa al año y cuenta con un programa de becas para quienes vienen de la Península de Dingle.

Desde este jueves y hasta el 29 de mayo, acoge el Encuentro 2013, que incluirá la presentación de la autobiografía de Carney, escrita junto con su yerno Gerald Hayes. habrá música, pasteles de cordero, charlas y carreras de caballos y, a sus 93 años, Mike tiene previsto volver a la Isla, “si el tiempo es bueno y me consiguen un bote o un helicóptero.” De niño, un visitante le dio un chelín, y lo escondió entre dos piedras junto al tejado de la casa. “Podría ver si sigue allí.”

 

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