Blasket 1921


112Escasos meses antes de la firma del tratado anglo-irlandés del 6 de diciembre de 1921, que ponía fin a la guerra entre el gobierno británico e Irlanda y establecía el Estado Libre Irlandés, el 25 de julio de ese mismo año aparecía este artículo en el diario Freeman’s Journal, el primer periódico nacionalista de Irlanda, que se publicó desde 1763 hasta 1924. Como curiosidad, Leopold Bloom, protagonista del Ulises de Joyce, trabajaba captando publicidad para dicho diario. En este artículo, con el telón de fondo de dichas negociaciones, se habla de las peculiaridades de la Gran Blasket. A pesar del ‘encanto’ con que se describe la vida en ella, no todo eran alegrías y facilidades. Pero no voy a añadir nada más: traduzco el artículo tal y como se publicó.

LA CUESTIÓN IRLANDESA

(por Padraig Ó Folludha)

La reunión entre representantes irlandeses y británicos para lograr un acuerdo en la “cuestión irlandesa” ha despertado un interés mundial. Sea cual sea el resultado de estas deliberaciones, existe una región dentro de la “Isla Verde” -o quizás debiera decir, fuera de ella- cuyas gentes no se verán afectadas por ninguna de las disposiciones que se alcancen y que, sean cuales sean las futuras relaciones entre el Trébol y la Rosa, continuarán “persiguiendo el acompasado tono de su forma de vida”. Me refiero a los habitantes de las Islas Blasket.

Las Blaskets son un grupo de islas que se levantan tres millas al oeste de la rocosa costa de Kerry. De todas ellas, solo la más grande, la Gran Blasket, está habitada por unas 150 almas. Entre la isla y tierra firme se encuentra el estrecho de Blasket, considerado por los marineros como una de las vías marinas más peligrosas del mundo. Aquí se hizo añicos parte de la malograda Armada (NT. Armada Invencible española) y muchos navíos majestuosos se han ido a pique.  Los submarinos, que surcaban estas aguas durante la guerra (NT. Primera Guerra Mundial), impusieron un alto peaje a los barcos mercantes, que siempre navegan por esta importante ruta comercial.

En la Gran Blasket vive el “Rey de las Blaskets”, quien sigue ejerciendo el “derecho divino” que atañe a su posición. Es él quien zanja todas las disputas y los isleños jamás han recurrido a los tribunales de justicia. El crimen es algo desconocido entre ellos y son gentes “pacíficas, respetuosas con las leyes.”

El irlandés es el único idioma de la isla, aunque el Rey tiene ciertos conocimientos de inglés y a menudo ha actuado de intérprete cuando llegan visitantes a sus costas. Para los jóvenes isleños, el inglés es una lengua extranjera. En la escuela local, donde todas las asignaturas se imparten en su lengua vernácula, forcejean con las complejidades de la gramática inglesa, del mismo modo que ocurre en tierra firme con el francés o el latín.

Las enfermadades son algo raro en las Blaskets. De hecho, a los isleños no les conviene caer enfermos, teniendo en cuenta que el doctor más cercano se encuentra en Dingle, a doce millas de distancia, parte de las cuales deben recorrerse por mar. En consecuencia, la llegada de hombres de medicina a la isla es algo “tan raro como las visitas de los ángeles.”

Los impuestos en la isla son un tesoro escondido. Los recaudadores siempre han tenido dificultades para recoger los “impuestos de Blasket”. No es descabellado afirmar que la mayor parte de dichos impuestos se encuentran hace tiempo fuera del Estatuto de Prescripción (NT. ley que ponía un límite temporal para reclamar las deudas) -al igual que los propios isleños.

El año pasado, el consejo del condado de Kerry se esforzó decididamente para recuperar parte de dichos impuestos. Se abrieron procesos, pero nunca pudieron entregarse. Posteriormente se enviaron por correo certificado. Los isleños, sin embargo, se negaron a aceptar la notificación. Más tarde, el juez del condado de Kerry, a la hora de adjudicar decretos, remarcó jocosamente que pensaba que estaba incurriendo en alguna ilegalidad, pero que circunstancias desesperadas requerían remedios desesperados.

Es de suponer que dichos decretos serán tratados como papel mojado. Los isleños se han negado a reconocer al tribunal desde tiempos inmemoriales. No se consideran sujetos a pagar por el mantenimiento de carreteras, puentes, etc, que son organismos de tierra firme. Su carretera es el ancho océano Atlántico, su sendero su inmensidad sin huella. El servicio de correo a las Blaskets no es muy regular. Las cartas se suelen entregar generalmente en grandes lotes, cuando hay una cantidad suficiente como para que la operación de entrega merezca la pena. De esa forma, una carta desde Irlanda a la Gran Blasket llegaría, por decir algo, a Terranova, mucho antes.

A pesar de todo, los isleños tienen mejor suerte, especialmente estos últimos años, que los desafortunados que viven en tierra firme. No hay huelga de carbón que perturbe su calma, pues se puede encontrar abundante combustible en la isla. Tampoco tienen problemas con los trenes o de trabajo. Mientras que los hombres de tierra firme se ven cercados por varias restricciones, como el toque de queda, los hombres de la Gran Blasket son “dueños de sí mismos.”

Además, el isleño es prácticamente autosuficiente, pues sus suministros, que dependen del Atlántico, son inagotables. Por lo que respecta a la vestimenta, proviene de la tierra, pues se produce con tejidos propios de lana autóctona hilada por ellos mismos.

Como los magnates de los negocios, la guerra resultó una época fructífera para los isleños. Recogieron ricas cosechas gracias al rescate de bienes de los navíos torpedeados. Del mismo modo, más de una tripulación torpedeada se encontró con la amable hospitalidad de los isleños. Se trata de un viento que no reporta nada bueno a los isleños. Después de las tormentas del océano, los residuos del Atlántico son llevados hasta la Gran Blasket por la Corriente del Golfo.

La mercancía transportada de este modo puede compararse con las devoluciones anuales de los más importantes canales. La generosidad de los isleños con los marineros torpedeados durante la guerra no fue pasada por alto entre las más altas instancias. El Rey de las Blaskets posee con orgullo una hermosa taza de plata del gobierno británico, que tiene la siguiente inscripción: “Para el Rey de las Blaskets, en reconocimiento a los servicios de guerra.” ¡Lo que se asemeja a un reconocimiento oficial de esta “monarquía restringida”!

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