EL PRIMER GRAMÓFONO EN BLASKET


En el libro Blasket Memories, Seán Ó Criomhthain narra las peripecias del primer gramófono en llegar a Blasket y las consecuencias…

Una desconocida que hablaba irlandés de modo fluido llegó a la Isla con cuatro niños parientes suyos. La intención de esta señora era que el irlandés de la gente de la Isla martillease los oídos de los cuatro. Estos niños solían ir a todas partes con los niños de la Isla y acabaron cogiéndose mutuo cariño. Cuando esta anciana señora les dijo cierto día que debían irse preparando para el viaje de vuelta a casa al día siguiente, ellos no querían moverse pues estaban disfrutando de los días de sus vidas, bajo el sol en la playa y la colina, en los botes, nadando, en el mar. ¿Y qué podía ofrecerles Dublín aparte de las baldosas de las calles y el ruido y el barullo de la ciudad? Al final, fue capaz de controlarlos y llevárselos de vuelta a casa con el doble de irlandés que el que tenían a su llegada.

En las vacaciones del siguiente verano, esta señora, junto con los cuatro niños, llegó de nuevo a la Isla. Todos y cada uno de ellos ya se había familiarizado con la vida de los habitantes de la Isla y os prometo que los mayores no andaban buscándolos, en especial los pescadores, porque esos niños solían meterse de un brinco en los naomhogs y nunca podía saberse cuándo uno de ellos podría caer al mar o cuándo un cangrejo podría cerrar su pinza en sus piernas. Con todo, los isleños eran muy amables con ellos porque eran muy educados y sabían guardar las formas.

En esta su segunda visita, la señora invitó a los niños de la Isla y a quien estuviese interesado a escuchar música. Pensaban que nunca iba a llegar la noche. Como se suele decir, el tiempo pasa despacio para quienes esperan. Por fin llegó la noche y todos los habitantes de la Isla, grandes y pequeños, se reunieron. Una de las chicas del grupo de visitantes sacó una caja y la colocó sobre la mesa. La abrió y la preparó para que sonase la música. Nadie dejó salir un solo sonido mientras mantenían sus ojos fijos en la caja y escuchaban la música más hermosa que salía de la caja. Algunas de las ancianas y los ancianos no parecían muy contentos porque creían que debía ser algo parecido a un milagro y cuanto antes se deshiciesen de la caja mejor. Los muchachos y muchachas comenzaron a danzar al son de la música, una música muy agradable, y siguieron hasta la hora de acostarse. En ese momento la señora de Dublín anunció que ya era suficiente. “El próximo domingo,” dijo, “habrá más música en la calle después de la misa.”

Ese fue el primer gramófono en llegar a la Isla y despertó más interés que ningún otro instrumento musical que hubiera llegado antes o llegase después. Se bautizó a esa noche como “El gramófono de Máire” y aún la conocen así quienes estuvieron presentes.

Llegó el domingo y se sacó a la calle el gramófono. Todo el pueblo se reunió a su alrededor y el día era tan apacible que podía escucharse incluso en Coumeenole. En aquellos tiempos había más de veinte asnos en la Isla. Algunos estaban encima del pueblo, en la ladera de la colina mientras que los otros se encontraban cerca del gramófono. Cuando el gramófono comenzó a sonar, un asno comenzó a rebuznar. Luego, otro asno y luego otro, hasta que todos se pusieron a rebuznar. Se volvieron locos y era imposible escuchar el gramófono. El grupo de Dublín prefería escuchar a los asnos que al gramófono porque nunca antes habían visto enloquecer a los asnos. Cuatro asnos se enredaron y se entrelazaron entre ellos y todos pensaban que tarde o temprano se separarían, pero no fue así. No cesaron de moverse hasta que se despeñaron por el acantilado. Al ver lo que les había ocurrido a los asnos, la gente casi parte en dos el gramófono y a Máire también. Nunca volvió a sacarse a la calle. Hubo muchos comentarios entre los isleños acerca del gramófono pues estaban enfadados por lo que les había hecho a los cuatro asnos. Algunas ancianas más tarde dijeron que el mismísimo demonio habitaba dentro del gramófono con todas sus fuerzas diabólicas, pues en su opinión nada que fuese bueno podría hacer mal alguno.

Y llegó el día en que Máire y su gramófono abandonaron la Isla, sin buenos deseos por parte de aquellos cuyos asnos se habían caído por el acantilado. Mientras la Isla estuvo habitado, había un dicho: “El gramófono de Máire y los asnos de Seán y Pad.” Hubo algunas casas en la Isla en la que no se volvió a permitir bailar o tocar música, ni incluso aunque se les pagase una fortuna.

Una chica volvió de América y… ¿no traía un gramófono con ella? Lo puso sobre la mesa una noche y estaba a punto de hacerlo sonar cuando su madre, que estaba en una esquina junto al fuego, agarró unas tenazas. Amenazó a la chica para que sacase esa maldita cosa de su casa o de lo contrario haría que todas las vacas y asnos del pueblo acabasen acantilado abajo. La chica no quiso decir nada pero a la mañana siguiente hizo la bolsa y se volvió al norte. Nunca se volvió a saber de ella.

Una bonita mañana de verano algún tiempo después, llegó un barco de Inglaterra. Echó el ancla porque había venido a comprar langostas y tenía que esperar hasta la tarde a que llegasen los pescadores. El capitán sacó su gramófono y comenzó a sonar la música. Sonaba el doble de fuerte que el de Máire. De inmediato, los asnos comenzaron a rebuznar otra vez pero, por mi alma, varios hombres los rodearon y los encerraron. Fue la fortuna divina la que le hizo actuar así, porque de lo contrario, se habrían enzarzado de nuevo y más de la mitad habría acabado cayendo por el acantilado.

La Isla ya ha sido abandonada y desde que la gente se marchó ni la música ni los instrumentos musicales importan un comino. El sonido más dulce en cualquier lugar es el de los niños y la gente y solitario es el lugar que no tiene esos dos sonidos. Si cualquiera que conociera la Isla en su máximo apogeo fuese de visita hoy, sólo le recordaría a un cementerio.

Y llegará el día en que no tenga sentido decirle a la gente que la vida, tal y como yo la he descrito, existió allí durante muchos años. Mientras viví en la Isla vi con mis propios ojos la vida más maravillosa que jamás haya visto pero mucho me temo que jamás volveré a ver a nadie como nosotros.

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