Reflexiones de una anciana


Un extracto del libro de Peig Sayers, Reflexiones de una anciana.

¡Oh, Monte Eagle, imagen majestuosa y noble la que muestras hoy! No se aprecian en ti las huellas del tiempo pasado pues sigues igual de agradable a la vista. En mi época de mocedad no existía lugar alguno más brillante que tú, resplandeciendo bajo el sol. Te tenía a tiro de piedra y hoy, entre tú y yo, se encuentra el gran mar. Era frecuente que Kate Jim y yo recogiésemos turba en tu cima. En aquella época éramos como dos liebres. No nos imponía tu altura. Oh, y qué delicia para mi corazón el aroma de tu brezo. Solía coger un ramillete y atarlo a cualquier pliegue de mi vestido. Nunca me cansaba de percibir ese aroma perfumado. Pero ahora, desde que me alejé de ti solo percibo el aroma del mar. ¡Qué paz de espíritu contemplar tu cumbre sin niebla! Oh, rey todopoderoso, cuántos recuerdos despiertas en mi corazón. Y al mirarte, vuelvo a ser aquella niña pequeña que saltaba de matorral en matorral en busca de nidos, corriendo junto al río hasta Coman’s Head. Kate Jim vuelve a estar junto a mí, dos niñas que arrojan piedras al río mientras las aguas las hacen rebotar sobre la superficie. Un poco más arriba se encuentra el viejo William descansando, su pala clavada en la ciénaga mientras entona Cait Ni Dhuibhir. Un poco más arriba, se ve una nube de humo que se alza hacia el cielo: es la gente que corta turba mientras quema la colina alrededor. Y a nuestros pies se extienden los verdes campos de Dunquin, con sus gentes, sus caballos y sus arados rastrillándolos con esfuerzo y devoción.

Estamos sentadas junto a William y podemos contemplar el mar y la tierra. Sobre nosotras, el claro cielo de primavera, y todos los corazones abiertos de par en par, recibiendo a la suave y fresca primavera. William comienza a hablar:
“Dios bendito, ¡qué diamante es la juventud! Tiene por delante todo tipo de perspectivas. Las dificultades del mundo jamás la intimidan. Parece que nada puede controlarla, le gusta ser libre, sin ataduras, siempre. Pero con qué rapidez se aleja. Niñas, ¿me veis hoy? Hubo un tiempo en que yo también vivía sin preocupaciones como vosotras. Pero como le dijo la calavera al oficial: “Como tú estás hoy, yo también estuve; y como yo estoy yo, algún día tú estarás.” Vosotras también, si conseguís llegar.’

Aquel día la Juventud nos poseía, pero observad cómo se ha escapado, tal y como William dijo. Sigues erguido con noble porte pero estás lejos de mí y de Kate Jim y de las personas que cortaban la turba. Nos hemos separado, algunos aquí y algunos allí. Algunos ya en camino a la Verdad y a aquellos que aún no hemos emprendido dicho viaje, pocas fuerzas y alegrías nos quedan. Pero Dios es bondadoso y tiene una Madre bondadosa y nunca le falla a un corazón paciente.

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