¡La muerte ha puesto sus ojos en mí!


Otro capítulo de ‘Diálogos de la isla’ (Island Cross-Talk) de Tomás Ó Criomhthain. Una nueva historia ocurrida a principios del siglo XX en este remoto lugar de Irlanda. Grandes son las diferencias con nuestro modo de vida actual, pero hay cosas que nunca cambian.

Hay en el pueblo un hombre llamado Big Tomás que vive solo. Hace tiempo que nadie vive en su casa con él. Un hombre así se les arregla hasta que se ve golpeado por la enfermedad o el infortunio. Entonces nadie lo envidia, y así fue en este caso.

Algunos muchachos fueron a visitarlo el otro día. Les gusta pasar el rato en compañía de este hombre, puesto que en una casa como la suya todo está manga por hombro. Este día se habían juntado una buena cuadrilla, divirtiéndose de la manera habitual.

No llevaban mucho tiempo allí cuando oyeron el graznido de un ganso.

‘¿Habéis escuchado al ganso?’ preguntó uno. ‘¿Dónde demonios está?’

Comenzó la búsqueda, todos los que allí se encontraban se pusieron en marcha, pero a pesar de sus esfuerzos no pudieron encontrar ningún ganso. Cuando dejaron de buscar, el ganso seguía graznando, triunfante. No había uno solo de los presentes que no estuviera perplejo y desconcertado; a plena luz del día, varias personas, un ganso cacareando entre ellos y ni la más remota idea de dónde se encontraba.

El graznido del ganso se volvía más y más fuerte cada día. Cuando todos comprobaron que podía escucharse día y noche, la sorpresa fue mayúscula. No hizo falta que pasara mucho tiempo antes de que las ancianas afirmasen que algo iba a ocurrir, algo funesto, tenía toda la pinta. Les pidieron a sus familias que permaneciesen alejadas de esa casa: el ganso estaba allí por alguna razón. Así lo hicieron y la casa se quedó toda ella para Tomás.

Big Tomás, el desgraciado, tampoco estaba muy feliz, pero no estaba muy dispuesto a abandonar su casa. Un día, cuando se encontraba cocinando, el ganso se volvió loco. Las ancianas tenían la explicación: ¡quería disuadirle para que dejase de comer!

El pobre Tomás se fue a la cama y se quedó allí tumbado sobre su espalda. Al día siguiente, la puerta estaba cerrada. Algunos dijeron que igual había muerto. Nadie se acercó aquel día, hasta el día siguiente a la misma hora. Un par de mozos se aproximaron a la puerta y le dieron un puntapié. Tomás respondió.

‘¿Qué es lo que te pasa?’ preguntaron.

‘Pocas cosas me pasan,’ dijo él.

‘¿Pero qué es lo que te mantiene en cama?’

‘Oh, he tirado la toalla. ¡La muerte ha puesto sus ojos en mí! El gég-gég-gég lleva dos días seguidos sin cesar.’

Los dos chicos podían escucharlo pero no podían saber de dónde provenía.

Mientras se alejaban, afirmaron que Tomás tenía los días contados. Era la muerte y había venido a por el hombre de esa casa, a por ningún otro. El pobre Tomás estaba afligido cuando allí lo dejaron. No sentía ningún tipo de dolor o molestia, solo desesperación, una desgracia terrible. Los muchachos dieron la noticia de que estaba muriendo.

Más tarde ese mismo día, dos muchachos se encaramaron a la chimenea y miraron fijamente en su interior. Y qué vieron allá abajo si no el ganso, y bien chamuscado. Le dijeron a Tomás que el ganso estaba en la chimenea. Saltó de la cama. Cogieron sedal y anzuelo y subieron al ganso. Estaba tan negro como el hollín. Pertenecía al maestro de escuela y me parece que los mismos que lo sacaron lo habían metido allí. Sea como fuere, Tomás ya se encontraba a las puertas de la eternidad sin cura ni monje.

Tomás ya se levanta y se está recuperando a un buen ritmo.

Octubre 1920

Una respuesta a “¡La muerte ha puesto sus ojos en mí!

  1. Me ha encantado la historia1

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