Diálogos de la Isla – ‘La cura’


Un capítulo de esta obra escrita por Tomás Ó Criomhthain.

Me encontraba a los pies del Campo Grande. Séamaisín y yo habíamos vuelto de la playa. Séamas se nos acerca a grandes zancadas, con un trapo blanco alrededor de la barbilla.
‘¿Qué te está causando problemas?’, pregunta Séamaisín.
‘Suficientes problemas,  apreciado amigo,’ dice él, ‘todos y cada uno de los dientes que tengo en la cabeza, que me va a estallar del dolor.’
‘¿Y ya estás buscando algún remedio?’ pregunta Séamaisín.
‘No hay cura que quisieran más, o que les diera mayor alivio,  que mascar un poco de tabaco.’
‘¿Y por qué no les ofreces un poco?’
‘No tengo, mi buen hombre.’
‘Puede que mañana a estas horas no te quede ni un solo diente en las encías, sano o no, si cada uno de los dientes que tienes en la cabeza se arruina por querer un poco de tabaco para que lo mastiquen. ¡No tienes a nadie más a quien vestir ni a quien alimentar!’ dice Séamaisín.
‘Bueno,’ dice Séamas, ‘te perdono  hasta la última de tus palabras si tuvieses algo de tabaco que darles de mascar.’
‘Lo tengo, claro, y suficiente para llevar a tu velatorio, pero prefiero arrojarlo al ancho mar que darte parte, agarrado miserable,’ dice Séamaisín.
Pensé que era una respuesta extraña y me pregunté cuál de ambos era peor, el hombre que pedía la cura o el hombre que la tenía y no quería desprenderse de ella.
‘Las personas cruzan sus caminos, no así las montañas y las colinas,’ pensé, y llegaría el día, quizás, en que el hombre que estaba sufriendo podría ser quien pudiera echar una mano. También reflexioné que el mismo Dios había enviado el dolor a un hombre y la cura al otro. Metí la mano en el bolsillo y le dí un buen trozo de tabaco. Lo cogió al mismo tiempo que se deshacía en bendiciones, diciendo:
‘Que te acompañe toda la suerte que necesitan los que caminan y caminan todo el año.’
Todos los que allí se encontraban estaban admirados, y eran bastantes los que ya se habían reunido.
Al día siguiente, por sorpresa, se presentó ante mi puerta con tabaco por valor de dos chelines y, además, siete mil bendiciones. Se le había pasado el dolor.
‘Siempre se ha dicho, Séamas,’ dije yo, ‘que la bondad nunca se echa a perder en nadie.’
‘¡Que no se te eche a perder en el Paraíso de Dios!’ replicó.

Enero 1920

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