Dunfanaghy 4 am


Salió a la calle. Desierta. Serían poco menos de las 4 de la mañana en Dunfanaghy. La luna dejaba escapar algunos rayos níveos pero desdibujados, difuminados entre las nubes grises y dispersas que salpicaban el firmamento. Ni siquiera en el Molly’s Pub había vida. Todo era silencio, destrozado por el aullido de un perro, en la distancia, posiblemente en la granja de Sean. Enseguida, silencio sepulcral. Olía a turba húmeda. Creyó escuchar la melodía de un ‘fiddle’, pero la idea le pareció absurda. No había vida a esas horas en el pueblo. La vida descansaba. La existencia continuaría con los primeros rayos de sol o con la primera claridad del alba y su lluvia tenue, tan habitual.

Subió al coche. Llave en el contacto. Arrancó y cogió la carretera serpenteante hacia el norte. Silencio en la granja de Sean Murphy. Silencio en la granja de Paddy Mallone. El haya de Phil Cassidy ululaba, mecidas sus hojas por el viento, antiguos acordes ya olvidados. Ni una luz encendida, ni un hogar humeante.

Conducía con la mirada al frente; los faros del coche iluminaban la angosta carretera desvencijada, encorsetada entre los muros de piedra. Y siguió hacia el norte, recordando su niñez en aquellas tierras, la dura lucha diaria por subsistir, las alegrías y las tristezas, el nacimiento de su hermana pequeña y la muerte de su padre, los días de colegio y los domingos en la pequeña iglesia, ya derruida, escuchando los sermones aburridos del cura.

Poco a poco dejó atrás el pueblo, el asfalto, las granjas y los recuerdos. Llegó a Horn Head. Detuvo el coche, apagó el motor, dejó las llaves puestas y se apeó. Se quitó los zapatos y pudo sentir la hierba húmeda bajo sus pies, las punzadas de las rocas que manaban de entre el verde por doquier. Avanzó en la penumbra, con la escasa claridad de una luna tímida, vergonzosa, agazapada detrás de esta y aquella nube. Sus pies se hundían ahora en la hierba, ahora en el barro, después caminaba firme sobre la roca. Siguió caminando. A lo lejos un relámpago iluminó la costa, apareciendo ante sus ojos las olas encrespadas que rompían allí debajo, a los pies del acantilado ante el que se detuvo. El posterior trueno rasgó el silencio, momentáneamente.

Un paso más, y llegaría a su meta. Un paso más. ¿Qué es un paso cuando toda tu vida has ido caminando con esfuerzo, luchando por sacar adelante una familia, cuando los años acumulados no son sino un recuerdo de lo que pudo ser y nunca fue? Un paso más, sólo uno, y encontraría la paz. Y lo dí, salté.

Silencio, oscuridad, no hay vida en Dunfanaghy a las 4 de la mañana.

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