¿Era para esto?


Gracias a la traducción de Colman Duffy, aquí podemos leer el editorial del Irish Times de ayer 18 de noviembre. Interesante reflexión.

 

¿ERA PARA ESTO?

Podría resultar extraño para algunos que “The Irish Times” preguntase si era por esto que murieron los hombres de 1916 (fecha del levantamiento contra la ocupación británica): un rescate económico de la canciller alemana con unos cuantos chelines de compasión del Ministro de Hacienda británico como guarnición. Ahí yace la vergüenza de todo esto. Después de haber obtenido nuestra independencia política de Gran Bretaña para convertirnos en dueños de nuestros propios asuntos, ahora hemos rendido nuestra soberanía a la Comisión Europea, al Banco Central Europeo y al Fondo Monetario Internacional. Sus representantes cabalgarán hasta la calle Merrion (sede del parlamento irlandés) hoy mismo.

 

A veces Fianna Fáil (partido principal del gobierno irlandés actual) ha servido muy bien a Irlanda, a veces muy mal. Sin embargo, incluso en sus peores momentos, siempre mantuvo algo de respeto para su compromiso fundamental que decía que los irlandeses deberían de controlar sus propios destinos. Identifica entre sus objetivos principales el compromiso “de mantener el estatus de Irlanda como un estado soberano”. Su fundador, Eamon de Valera, en su discurso inaugural a su nuevo partido en el año 1926, habló de “estatus inalienable de la soberanía nacional” como parte fundamental de sus creencias. Los ideales de ese partido republicano ahora están hechos añicos.

 

A los irlandeses no hace falta que se les diga que no existe tal cosa como la soberanía absoluta, especialmente para naciones pequeñas. Sabemos muy bien que hemos dado aún más significado a nuestra independencia al compartirla con nuestros vecinos europeos. No somos tan ingenuos como para pensar que este Estado podría, ni ahora ni nunca, tomar grandes decisiones aislado del resto del mundo. Lo que sí cabe esperar, sin embargo, es que aquellas decisiones seguirán siendo nuestras. La independencia de una nación es definida por las decisiones que puede tomar en beneficio propio.

 

La historia de Irlanda hace que la perdida de ese sentido de libre decisión parezca aún más vergonzosa. El deseo de ser una nación soberana ha sido el filón común de todas las luchas de los últimos 200 años. “Autodeterminación” es una palabra que reiterada desde la época de los “United Irishmen” (siglo XVIII) hasta el Acuerdo de Belfast (1998). Todavía  sigue teniendo una relevancia autentica para la gran mayoría de los irlandeses hoy en día.

 

La verdadera ignominia de nuestra situación actual no es que se nos haya quitado nuestra soberanía, sino que nosotros mismos la hayamos desperdiciado. Que no busquemos aliviar nuestro sentido de vergüenza con la ilusión reconfortante de que las naciones poderosas de Europa conspiran con el objeto de convertirse en nuestros amos. Nosotros no representamos, al fin y al cabo, un gran premio para ningún amo potencial ahora mismo. Ningún europeo con razón y por voluntad propia asumiría el reto de sacarnos del lío en que nos hemos metido. Es la incompetencia de los gobiernos que nosotros mismos hemos elegido que ha mermado tan profundamente nuestra capacidad de tomar nuestras propias decisiones.

 

Y lo hicieron, recordemos, desde un momento en el que la soberanía irlandesa nunca se había encontrado más fuerte. Nuestra deuda nacional era insignificante. Se había cortado la emigración en masa que había desmentido nuestras pretensiones de ser un pueblo que tenía control sobre su propio destino. Había ocurrido un autentico acontecimiento  de autodeterminación nacional en 1998, cuando ambos grupos de la isla (unionistas y republicanos) votaron a favor del Acuerdo de Belfast. Nosotros pensábamos que se había desterrado para siempre el típico sentido de fracaso e inferioridad.

 

El hecho de haber arrastrado este Estado desde esas alturas y de someterlo una vez más a las decisiones de otros es un logro que no se olvidará muy pronto. Tiene que señalar, sin lugar a duda, el final ignominioso de un gobierno fracasado.

 

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