El refugio atlántico del cristianismo


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Los visitantes asiduos a esta página ya sabrán de mi atracción cuasi-mística hacia Skellig Michael, pues varias han sido las ocasiones en las que he escrito algunas líneas sobre este lugar o en las que alguna foto nos ha maravillado.

Estaba esta tarde poniendo un poco de orden en las estanterías dedicadas a la verde Erin (DVDs por aquí, CDs por allá, libros a la izquierda, revistas a la derecha, papeles, folletos…) cuando he vuelto a encontrarme con la revista ALTAÏR de septiembre/octubre de 2000, dedicada a Irlanda. ¡Cuántas veces la habré leído y, sin embargo, cada vez que la veo me entra la necesidad acuciante de volver a pasar sus páginas!

Uno de sus reportajes está dedicado a las Islas Skellig. Como supongo que no será tarea fácil encontrar un ejemplar, me permito transcribirlo. Su autor es Carlos Pascual.

La mayor de las islas Skellig fue durante siglos uno de los centros monacales cristianos más aislados de Europa. A la austeridad propia de los monjes benedictinos se sumaron otras penitencias: un mar feroz, una tierra sin árboles azotada por el viento y la soledad más absoluta.

skellig1Esta vez ha habido suerte. Mucha suerte. El océano está razonablemente sosegado, luce un sol entreverado y el bote va a zarpar. Atracar en las Skellig es un privilegio. Sólo una docena de afortunados en cada salida y únicamente algunos fletes diarios en primavera o verano. El resto del tiempo esos dos islotes que son las Skellig -tres en realidad, Skellig Michael y la pequeña Skellig, más un peñasco edecán- resultan un territorio vedado. Uno de los lugares más extraños y mágicos del mundo. También uno de los más sagrados. En el mayor de esos picachos inhóspitos, alejados una decena de kilómetros de la costa, se refugiaron algunos monjes en los primeros días del cristianismo irlandés. Suspendidas entre la espuma rugiente y las nubes de plomo, las toscas celdas de piedra y las cruces fueron durante más de mil años un resquicio a las puertas del cielo.

El bote zarpa, al fin, de Portmagee, apenas un espigón y cuatro casas, uncidos por un puente a la isla de Valencia, uno de tantos jirones en la costa desgarrada del condado de Kerry. Al otro lado del pontón, en la isla, un centro de interpretación -parece un búnker- explica los misterios de las Skellig a los que no tengan ocasión de visitarlas o deseen ilustrar más su visita. Tan pronto como la embarcación se aleja de la orilla, el mar enseña los colmillos. La brisa pasa a bofetada y los chillidos de alcas y petreles no tranquilizan precisamente.

Sólo hay toscos escalones en la pared de roca cuando se llega a Skellig Michael. Mantener el bote pegado al borde y saltar resulta peligroso incluso con bonanza. Los peldaños son abruptos y van buscándole las vueltas a la roca; sólo brincando por escalones, más de dos mil, se puede transitar esta montaña marina, que tiene un aire de Machu Pichu cristiano.

skellig2La religión que llegó por mar

Dicen que san Fionán tuvo la ocurrencia de fundar aquí una oficina de santidad -la ensenada de donde partió se llama St. Finan’s Bay. Él fue el más destacado discípulo de san Patricio, introductor del cristianismo en Irlanda. Estamos hablando de los inicios, entre los siglos V y VI. Irlanda no fue romanizada, como es sabido. La sociedad celta de la isla, aunque dispersa, mantenía contactos comerciales con la Gran Bretaña y el norte de Francia. Puede que el cristianismo se colara con aquellas transacciones. De hecho, antes de san Patricio, el papa Celestino había enviado, en el año 431, a un diácono francés llamado Paladio como obispo de los irlandeses. Éstos le tributaron un glorioso martirio.

Monjes prolíficos

Lo cierto es que no fue sólo san Patricio quien convirtió Irlanda. A lo largo del siglo VI, después de su muerte, sus discípulos y otros monjes sembraron el país de monasterios. Muchos en islas o cerca de la costa, ya que el mar era el camino más practicable. Las Skellig no fueron las únicas: al menos una veintena larga de islas conservan restos monásticos. Esto, a decir verdad, fue un fracaso de la misión de san Patricio. Trajo un esquema continental y centralizado de obispados que no cuajó. La causa fue la estructura de la sociedad gaélica, muy atomizada, sin ciudades ni caminos -la primera población importante fue Dublín, fundada en el año 841 por el rey vikingo Turgesio.

Eran casi pequeños “reinos”. Los abades procedían de familias nobles que garantizaban los terrenos y mantenían los cargos en manos del clan. Rodeados por un vallum o terraplén, en su platea o solar interior se alzaban la iglesia, el refectorio, el scriptorium, las celdas, el cementerio… Las tierras las labraban aparceros y sirvientes legos; el monasterio llegaba a cumplir las funciones de mercado.

Códices y joyas

skellig3En los pupitres del scriptorium se copiaban e iluminaban códices -algunos tan notables como el Libro de Kells o los de Durrow o Lindisfarne. Tamvbién trabajaban metales preciosos. Joyas como el cáliz de Ardagh o el llamado broche de Londesborough, hoy en el Museo Nacional de Dublín, atestiguan la maestría que anegaba aquellos recintos durante la que se ha llamado la “Edad de Oro” irlandesa.

Pero en Skellig Michael lo que se ve es otra cosa. A casi doscientos metros sobre el oleaje, en un rellano avaro, se apretujan seis habitáculos en forma de huevo, hechos de pequeñas lajas y con un agujero como puerta. Algo apartados, dos oratorios en forma de nave volcada. Y toscas cruces, monolitos apenas recortados y arañados. La forma de las celdas presenta una vaga analogía con otras de Egipto, lo que ha dado pie a la hipótesis de que algún monje procediera del Sinaí o lo hubiera visitado.

¿Cuántos siervos de Dios pudieron convivir en esta repisa? Resulta asombroso imaginar el tipo de vida que llevaron. La mayor parte del tiempo, la furia del océano los dejaba aislados. Tenían que traer en frágiles curraghs -barcazas de madera- lo que podían y cuando podían. Leña, por ejemplo; allí no crece un sólo árbol. Podían, eso sí, cultivar algunas hortalizas en bancales y disponer de carne y leche gracias a algunas cabras tan funambulistas como ellos mismos. También podían aprovechar algún ave marina, sus huevos sobre todo. El agua potable se la entregaba el cielo. La lluvia quedaba atesorada en unos pozos que se secan al punto si alguien profiere juramentos o blasfemias.

Vivir en tales condiciones debía de ser un auténtico martirio. De hecho, para los monjes irlandeses existían tres tipos de martirio, el verde, el rojo y el blanco. El tormento verde consistía en entregarse al trabajo -agrícola- con espíritu de penitencia; el rojo significaba sometimiento a la cruz y al sufrimiento; y el blanco separarse de lo más querido, exiliarse. Los ascetas de Skellig Michael eran evidentes profesos de los tres.

Asilo del saber

skellig5El martirio blanco, unido al celo evangelizador, produjo los frutos más espectaculares del monacato irlandés. Mientras Europa quedaba patas arriba por las incursiones de nórdicos, bárbaros y paganos, los monjes irlandeses custodiaban en sus bibliotecas no sólo la tradición cristiana, sino también mucho del saber clásico y de la mitología celta. Y además, desde Irlanda se lanzaron a recristianizar Europa.

Buen ejemplo son los discípulos de san Fionán, los llamados “doce apóstoles de Irlanda”. Entre ellos, san Ciarán de Clonmacnoise o san Brendán el navegante, quien supuestamente se adelantó a Colón en avistar América. Este último se educó en Ardfert, al norte de Kerry, cuya catedral vale la pena ver, así como Brandon Point, de donde partían sus periplos. El más importante fue san Columba -Colmcille-, amante de los códices, de quien se dice que escribió más de trescientos de su puño y letra, entre ellos el Cathach, un manuscrito-talismán de los más antiguos que se conservan; también fundó monasterios como los de Kells o Iona, éste en Escocia. Uno de sus discípulos, san Columbano, fundó casas religiosas en Francia y en Italia y tuvo un seguidor que depositó preciosos manuscritos en el monasterio suizo que lleva su nombre, san Gall. Otros monjes célebres fueron san Kilian y Marianus Scotus, que alcanzaron Würzburg y Colonia, respectivamente. La lista de irlandeses misioneros y fundadores de monasterios sería bastante extensa.

Hacia finales del siglo VIII comienzan en Irlanda las incursiones vikingas, que duran doscientos años. La primera razia en Skellig Michael ocurrió en 812. En tierra firme aparecen toscos oratorios en forma de naveta como el de Gallarus y torres cilíndricas y afiladas con la puerta a tres metros del suelo, donde los monjes se refugiaban en caso de ataque. Los vikingos irlandeses acabaron abrazando el cristianismo. El ímpetu de ascetismo y evangelización se desinfló paulatinamente. El ambiente en los monasterios se tornó más relajado y mundano. Los poderes real -hay una primera idea de rey con Brian Boru- y eclesial llamaron a los benedictinos y agustinos para que impusieran su organización. Finalmente, la comunidad de Skellig Michael se unió a la casa de los agustinos de Ballinskellig, en tierra firme.

skellig4La saudade celta y la nostalgia casan bien con esos arrecifes negruzcos de Ballinskellig. Un poco más adelante, algunos carteles de carretera anuncian “el paisaje más célebre y hermoso de Irlanda”. Es cierto, estamos en el llamado anillo de Kerry y todo aquí es dulzura, añoranza y también un poco de melancolía, casi telúrica, casi pagana.

2 Respuestas a “El refugio atlántico del cristianismo

  1. Parece como si los incas hubieran llegado hasta haya y hubieran influido con sus elementos artisticos.

  2. San PATRICIO tuvo la idea: un centro de santidad, discípulos y monjes sembraron Irlanda de monasterios, cerca de la costa, el mar era el mejor camino

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