Más Skellig Michael


Para qué negarlo. Skellig Michael es un lugar que, aun sin haberlo visitado (aún), me tiene hechizado. No es la primera ni la segunda vez que hablo de esta isla o que muestro algunas fotografías del lugar. Y seguro que esta tampoco será la última. Estoy leyendo un libro de Chris Duff titulado Las olas celtas, en el que el autor describe su singladura en kayac por las costas irlandesas. Uno de los episodios versa sobre Skellig Michael. Transcribo algunos párrafos.

Skellig Michael. Su nombre se debía a la aparición del arcángel a unos pescadores zarandeados por un mar tormentoso.  Empecé a escalar por las rocas, siguiendo el sendero que trepaba por el costado de la isla, y fui subiendo más y más, y cada brusco giro conducía a otra vista de las olas y las rocas que había dejado. Ascendía poco a poco, tranquilamente, dejando que la calma se apoderase de mí, después del esfuerzo del desembarco.

Un antiguo escalón tras otro, lentamente, fui subiendo por encima del nivel del mar. El sonido de las olas contra las rocas se debilitaba cada vez más, y el océano no me había parecido nunca más inmenso.

Traté de imaginar a los monjes cristianos primitivos con sus sandalias de cuero, vestidos con ásperos hábitos, intentando levantar cada una de aquellas rocas enormemente pesadas.

Yo estaba solo. Era libre para vagar sin rumbo a través de todo aquel tiempo que ni siquiera comprendía. En aquella soledad y aquel silencio, con el único sonido de la suave brisa en mis oídos, me quedé sentado en los escalones y me puse a escuchar. A escuchar solamente. Luego me levanté de nuevo y continué.

(…)

Me quedé de pie, pasmado, incapaz de moverme por miedo a que la escena que tenía ante mis ojos desapareciera. Era como si se hubiese alzado de pronto una cortina y se revelase la súbita belleza de lo que busca el peregrino.

Seis edificios abovedados, en forma de colmena, un pequeño patio dominado por una cruz de piedra enhiesta y los muros de una iglesia del siglo XI se apiñaban en un estrecho trozo de terreno. La graciosa curva del edificio más lejano se veía enmarcada por el mar y la tierra verde que se encontraba a nueve millas de distancia.

(…)

Loxs edificios de piedra estaban construidos por encima de un patio algo hundido, que quedaba a un lado. Llenaban aquel recinto inferior un camposanto rodeado por un muro de piedra, con una enorme cruz también de piedra, un oratorio abovedado y una diminuta iglesia de finales del siglo XI. Los edificios en forma de colmena parecían apiñarse protectoramente sobre aquel patio y la cruz, silueteada contra el mar que quedaba más abajo. Aquel era, en verdad, suelo sagrado, todavía lleno de espíritus, debido a los quinientos años de continua vida monástica.

A mi alrededor todo era quietud. Envuelto en paz y silencio, aquel recinto estaba cubierto por un manto de misterio y reverencia. Me quedé de pie en el centro del patio y escuché. El único sonido que se oía era el suave soplo de la brisa que acariciaba las piedras.

A unos metros de distancia se encontraba el cementerio. La cruz, grabada toscamente en una gruesa piedra, era más alta que yo mismo. Las otras cruces más pequeñas, de medio metro de alto, erizaban el suelo abombado que contenía el polvo de seres muertos hacía mucho tiempo, entre tierra y piedras.

(…)

Traté de imaginar la fatiga del monje que vivía allí.  Imaginé sus manos; secas, doloridas y encallecidas. Silencioso, sumido en la plegaria, debió de sentir el pulso de la sangre en sus dedos, el dolor de los músculos de brazos y espalda. Pensé en sus ropas, de basta tela, con las que trabajaba, dormía y rezaba. Imaginé la simplicidad de su vida, las plegarias, la singular devoción de aquel hombre. Durante unas décimas de segundo sentí la presencia del monje a mi lado. Le noté allí, quieto y silencioso, en oración.

Los Anales de Ulster y los Anales de Innisfallen, antiguos manuscritos que habían sobrevivido a lo largo de los tiempos, arrojaban alguna luz sobre la historia de “Sceillig Mhichi’l”. Los anales registraban que en el año 812, las primeras incursiones vikingas saquearon el monasterio. Los vikingos fueron a parar a la cima rocosa otra vez en 823, esta vez secuestrando a Atgal, el abad de Skellig, y dejándole morir de hambre. En 833 y 839 Turgesius, soberano de los daneses, volvió a atacar de nuevo. la última referencia a los habitantes de Skellig Michael se encuentra en 1044, en los Anales de los Cuatro Maestros, donde se dice, sencillamente: “Murió Aodh de Skellig”.

De nuevo fui caminando en torno al pequeño grupito de edificios, los ojos seducidos por el arte de la piedra y la mente a mitad de camino entre el pasado y el presente. Intelectualmente, no podía comprender un lapso de tiempo de cuatrocientos años. Me resultaba más fácil imaginar el trabajo de los monjes que el paso de los siglos.

(…)

Recordé un poema escrito por uno de los monjes:

“Amargo es el viento esta noche
Que alborota el cabello del océano, tan blanco.
No debo temer a los hombres despiadados
Que vienen desde Lothland cuando el océano está despejado.”

Lothland era la tierra de los vikingos, y el poema hablaba de la paz que las tempestades invernales proporcionaban a los indefensos monjes. Aislados por la furia de la tormenta, podían dormir seguros, porque ningún hombre, ni siquiera los temibles invasores del norte, se atrevía a echarse a la mar en una noche como aquella.

Quinientos años de plegarias flotaban sobre aquellas cimas; plegarias, poemas y el ruido de los hombres trabajando la piedra. Quinientos años de flores primaverales, de largos días veraniegos, y luego las horas que iban menguando a medida que se aproximaba el otoño. En algún momento del siglo XI el monasterio de la isla fue abandonado.

(…)

Allí sentado, en uno de los puntos más occidentales de Europa, de espaldas a toda la extensión del Atlántico, pensé en la suerte tan enorme que había tenido en mi vida. Tanta belleza… una belleza tan magnífica y conmovedora. ¿Por qué era tan afortunado de poderme sentar en aquella altura y ser consciente de la libertad y la maravilla que llenaban mi vida? No tenía respuesta; sólo un fuerte sentimiento de humildad. Al borde del mundo conocido en el siglo VI, me deslicé hacia el sueño.

Fuente: Duff, C. Las olas celtas, Altair Viajes, 2003

Enlaces relacionados:

Skellig Michael
Skellig from a distance
Skellig desde Skellig

 

Una respuesta a “Más Skellig Michael

  1. …gracias por estas palabras…skellig es un lugar más allá del tiempo…cualquier información sobre estas islas, sobre estos monjes será bienvenida…

    …todo bajo el cielo…

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