Siempre quise ser valiente (7)


CAPITULO 7

Hola Alex:

Cuando leas esta carta ya estarás de vuelta en Kilkenny. Me pareció mejor mandártela allí. Ya ves, sigo tan cobarde como de costumbre. Me dolió mucho que no te despidieses de mí. Podemos seguir siendo amigos si tú quieres. Mira, la vida da muchas vueltas y a veces acabas mareado. Lo nuestro fue un error porque confundí amistad con amor. Estaba confuso y ahora sé que nunca debí haberte dado esperanzas. Leire ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Siempre ha estado junto a mí en los momentos duros. Debí tener el coraje para habértelo dicho antes, pero no quería hacerte más difícil tu nueva vida. ¿De qué serviría un problema más? Ahora que estás bien, que tienes tus amigos allí…

 

 

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Y la carta voló en mil pedazos por la habitación. Cobardía no era la palabra. Hipocresía, egoísmo. Alex sólo llevaba una hora en Kilkenny y estaba decidido a dar pasos firmes en busca de su felicidad. Cogió un chubasquero, se despidió de sus padres y cerró la puerta de casa tras de sí. Era mediodía y una fina capa de lluvia se abatía sobre la ciudad. Sin rumbo fijo, sus pasos lo dirigieron hacia Castle Park. No había apenas gente, sólo cuatro ancianos paseando con sus paraguas bajo los árboles. Recorrió la verde explanada, pausadamente, con la mirada perdida en el horizonte, con sus pensamientos absortos en la nada. Su corazón fue invadido por un vacío sobrecogedor. La felicidad parecía algo tan efímero, tan frágil, una ilusión, un truco de magia.

 

Siguió caminando y esta vez sus pasos lo llevaron a la torre de San Canice. No había nadie en la entrada, o es posible que ni se percatara de su presencia. De cualquier forma, se encaramó a la escalera y trepó hasta alcanzar la cima. Y allí arriba, casi entre las nubes, con la lluvia empapando su cabello, su rostro, sus labios, permaneció contemplando el mundo, ese mundo sin sentido, cruel, que parecía darle la espalda una vez más.

 

Vuelta a las clases. Llegó al colegio y allí seguían los cuervos, dando saltitos por el campo en busca de algunos gusanos, fáciles de desenterrar gracias a la lluvia caída. Felices cuervos, sin preocupaciones, sin tristezas.

 

– Hola, Alex. ¿Qué tal en Bilbao?

– Hola Brian. La verdad es que mal. Ya te contaré.

– Vale. En el recreo hablamos.

 

Las dos horas de clase pasaron sin pena ni gloria. Si alguien le hubiera preguntado a Alex de qué habían hablado, sería incapaz de decir si el tema era la literatura de Oscar Wilde, la revolución francesa o el cultivo de la remolacha en el sur de Irlanda. La campana lo despertó de su mundo.

 

– Bueno, Alex. Cuéntame qué ha pasado.

– Pues que al llegar a Bilbao nada era como esperaba.

– ¿En qué sentido?

– Mira Brian, aunque nos conocemos hace relativamente muy poco, tú has sido alguien muy especial para mí. Me has ayudado mucho. Cuando no conocía a nadie aquí, cuando estaba solo en un nuevo mundo, apareciste tú y me ayudaste a conocer este lugar, fuiste mi amigo y gracias a ti he conseguido adaptarme a esta situación.

– Tú también has sido muy importante para mí. ¿Te cuento un secreto? Nunca había hablado con nadie de la muerte de Audrey, mi chica. No sé, tú me inspiras confianza.

– Pero hay una cosa de mí que aún no sabes.

– Todos tenemos secretos. Es algo normal y creo que es bueno que haya aspectos de nosotros que no compartimos con nadie más.

– Pero cuando hay algo importante, que sientes que necesitas compartir con un amigo…

– Mira, Alex. No sé qué será lo que te preocupa, pero ya sabes que puedes confiar en mí. Pero antes de decírmelo, piénsalo bien. Luego te puedes arrepentir. Te repito que hay cosas que no se deben compartir con nadie porque forman parte de tú más profundo e íntimo ser.

– ¿Y cuando eso que tú llamas el más profundo ser te está desgarrando las entrañas? ¿Es mejor dejarlo dentro hasta que acabe contigo o expulsarlo y deshacerte de ello?

– ¿Y puedes estar seguro de que al desterrarlo de tu interior no hará que desgarre a otras personas? Ya seguiremos hablando. Por ahí llega Tom.

– Hola chicos. ¿Os apuntáis a tomar algo esta noche?

– ¿Cuál es el plan? – preguntó Brian.

– Nada especial. Hemos quedado a las 8 en el Pump House. ¿Vendréis?

– Yo sí, – replicó Brian.- ¿Tú qué dices, Alex?

– De acuerdo, allí estaré. Por cierto, ¿cuál es el Pump House?

– ¿Recuerdas cuando fuimos a la torre? -preguntó Brian.- Pues está de camino, después del museo justo enfrente del restaurante chino.

– Vale, ya lo encontraré.

  

Alex siguió el resto de la mañana forzando sus neuronas. ¿Cómo decirles a sus amigos que era gay? ¿Debería decírselo a todos al mismo tiempo? ¿O sería mejor hablarlo de uno en uno? Tal vez sería mejor contárselo primero a Brian y que éste le aconsejase. En definitiva, Brian conocía mejor a los otros chicos y su ayuda podría resultar inestimable. De manera que cogió un trozo de papel y le pasó una nota a Brian, mientras Mrs Darlington continuaba su diatriba acerca del papel de la economía en la política mundial. “Brian, tengo que hablar contigo antes de ir al Pump House”. “De acuerdo, a las 7 en la puerta del castillo”.

 

A las 7 en punto Alex vio aparecer a Brian girando la esquina del banco de Irlanda. Tras esperar a que el semáforo le concediera prioridad, Brian cruzó la calle y se acercó hasta él. La noche ya había extendido su manto sobre la ciudad y las farolas iluminaban con su mortecina luz los adoquines, mojados por una fina capa de lluvia persistente.

 

– Buenas tardes, señor secretitos.

– No me vaciles, Brian, por favor.

– Vale, vale, no te mosquees. ¿Vamos a algún sitio o nos quedamos aquí parados hasta que pillemos una pulmonía?

– Vamos a Kyteler’s. Creo que es el lugar adecuado.

 

Cuando llegaron al pub, encontraron una pequeña mesa en una esquina alejada de la barra, de la entrada y del escenario improvisado donde una chica joven y un hombre ya entrado en el medio siglo amenizaban la noche con canciones que hablaban de melancolía, de nostalgia, de tristeza, sentimientos propios de los miles de irlandeses que emigraron durante la hambruna del siglo XIX. Brian se acercó a la barra y regresó con dos pintas de Guinness.

– Vamos a ver, Alex. ¿Qué es lo que tanto te preocupa? ¿Qué ha ocurrido en Bilbao?

– Es algo difícil de explicar, pero lo voy a intentar. Sólo te pido, por favor, que no me interrumpas.

– Eso está hecho. Venga, suéltalo.

– ¿Recuerdas el día que fuimos juntos a la torre? Allí arriba me contaste lo que le había pasado a Audrey. Nunca me has hablado de ella, pero me imagino lo mucho que la querrías y el sufrimiento que te causaría su marcha. Los dos somos personas sensibles.

– Espera. Si quieres te hablo de Audrey. Es lo justo. Estuvimos saliendo casi un año. Era la chica más dulce que jamás he conocido. Estar con ella era olvidar que tenía que respirar para vivir. Ella me daba todo lo que necesitaba para continuar. Antes de conocerla, mi vida era una lucha constante entre lo que creía sentir y lo que quería sentir. Cuando se fue, el mundo se desplomó sobre mí. Antiguas dudas, antiguas batallas, todo renació. No quería estar con nadie, no quería conocer a nadie. Hasta que cierto día de julio, mientras jugaba yo solo en el parque, le golpeé con la bola a un chico extranjero que estaba tumbado en el césped. Algo en él me recordó a Audrey. No sé qué fue, un impulso, pero era como si ella misma estuviese tumbada y se levantase para decirme “No puedes seguir así”. El resto ya lo sabes.

 

Alex sintió miedo. Lo que Brian le acababa de contar podría facilitar las cosas… o dificultarlas. ¿Y si Brian le entendiese mejor de lo que él esperaba? ¿Y si Brian estaba enamorado de él? Miedo, esa era la sensación. Miedo a no estar enamorado de Brian, miedo a enamorarse de él, miedo a ser amado, miedo a amar y no ser correspondido. Miedo.

– Brian. Gracias por tu confianza una vez más. Ahora me toca a mí. Cuando vinimos a vivir aquí, yo acababa de iniciar una relación. Era feliz. Lo tenía todo. Mi vida por fin era completa. Esa relación colmaba mi alma. Pero las cosas se complicaron y tuve que venirme, ya sabes por qué. Decidí adaptarme a la situación y esperar. Tal vez sólo esté aquí un año. Tal vez dos. No lo sé. Mi amor creció en la distancia. Mi amor estaba lejos en la distancia, cercano en el tiempo y presente en mi corazón. Pero cuando fui a Bilbao… Todo se había acabado.

– Lo siento, Alex. Seguro que era una chica maravillosa.

– No.

– ¿Qué?

– Que no era una chica maravillosa… Era… era… era un chico maravilloso.

Silencio roto por los ecos de una flauta melodiosa y una dulce voz femenina.

– Brian, eso era lo que tenía que decirte. Soy gay.

– Lo siento, Alex. Tengo que irme. Me siento mal. Mañana hablamos. Adiós.

(…continuará…)

Una respuesta a “Siempre quise ser valiente (7)

  1. Kaixo Fer:

    Sólo quisiera decirte que la historia me está encantando. Escribes muy bien y la trama se está complicando de una manera interesante. Además describes con mucho detalle los sentimientos, los lugares… Estoy esperando impaciente a la continuación de la historia.

    Ondo segi. Slán!

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