Siempre quise ser valiente (6)


CAPITULO 6

Algo iba mal. La carta de Egoitz, escueta, fría, ni un te quiero, ni un beso, ni siquiera un abrazo. Poco a poco la carta que tenía frente a sus ojos empezaba a ser ilegible. Las palabras se expandían y perdían su claridad. Los renglones, tan uniformes en principio, pasaron a ser unas líneas tortuosas que se cruzaban entre sí. Estaba llorando. Algo iba mal. ¿Qué podía ser? No quería saberlo. Y así, en la ignorancia y sin más noticias, pasó octubre. Y pasó noviembre. Y llegó diciembre.

 

– Alex, cariño, tenemos una sorpresa para ti.

Alex dejó de comer y miró fijamente a sus padres.

– Mira, hemos estado hablando con tu abuela y hemos decidido que vayas a pasar las vacaciones de Navidad con ella a Bilbao. Seguro que te apetece volver a ver a tus amigos.

– No lo sabes tú bien. Gracias, gracias de verdad. Es el mejor regalo de mi vida.

 

 

Querido Egoitz:

¡Sorpresa! ¿A qué no sabes que me va traer el Olentzero? Nada más y nada menos que un billete de ida y vuelta a Bilbao. ¿No es maravilloso? Dentro de poco estaremos juntos otra vez. Y hablaremos de todo lo que te preocupa. Ya verás como juntos todo se ve diferente.

Necesito verte, necesito abrazarte, necesito besarte. Quiero contarte muchísimas cosas. Tú escribes mejor que yo y me gustaría que escribieses un poema con todo lo que han significado estos meses para ti. Así, cuando vuelva a Irlanda, podré leerlo todas las noches.

No puedo esperar más. Sólo faltan dos semanas, pero creo que se me van a hacer eternas. Te juro que estoy temblando. ¡Qué emoción! Un gran beso, Alex.

PD. Ya me explicarás por qué no me has escrito nada desde hace dos meses, capullo!! (jeje)

 

 

– Bueno, Alex, espero que te lo pases bien estas vacaciones en Bilbao.

– Por supuesto. Tengo muchas cosas que hacer. Me muero de ganas por volver.

– Alguna chica, ¿eh?

– Bueno… más o menos. Ya te contaré cuando vuelva.

– Te echaré de menos, Alex. En estos meses te has convertido en alguien muy especial para mí.

– Tú también para mí, Brian.

 

Al día siguiente, su padre cogió la maleta y la metió en el coche. Eran las 5 de la mañana y en dos horas estarían en el aeropuerto de Dublín. A las 9 estaría volando hacia el paraíso y a las 11 podría estar con él de nuevo.

 

Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Loiu, su corazón latía más veloz que cuando jugaba a baloncesto. Mientras esperaba para recoger su maleta, vio tras los cristales a su abuela. Era cierto. Estaba allí por fin.

 

– ¡Abuela!

– ¡Hijo! ¿Qué tal el viaje? Estarás agotado. Vamos a casa.

– ¿Has venido tú sola?

– Sí. ¿Esperabas a alguien más? ¿Algún amigo?

– Creía que Egoitz estaría aquí. ¿Sabes quién es Egoitz?

– Sí, ese amigo tuyo tan majo. Llamó para preguntar a qué hora vendrías. Pero tendrá cosas que hacer. Luego lo verás.

– Claro.

………………….

– Hola. ¿Está Egoitz?

– Sí, ahora se pone. ¡Egoitz, es para ti!

– Sí, ¿quién es?

– Egoitz, soy yo. Ya he llegado.

– Alex, ya siento no haber ido al aeropuerto pero tenía cosas que hacer.

– Vale, te perdono por esta vez, jeje. ¿Cuándo podré verte?

– Pues esta tarde si quieres. ¿Quedamos a las 4 en el banco de siempre?

– Vale, allí estaré. Joder, tío, me muero de ganas por verte.

– Pues aguanta hasta esta tarde. Ya hablaremos, ¿vale?

– Venga, a las 4. Un beso.

– Agur.

 

Después de comer, Alex se fue a su cuarto y escogió las mejores ropas que había traído. El momento se acercaba. La espera tocaba a su fin. Se despidió de su abuela y salió a la calle. El cielo amenazaba lluvia. El frío no era excesivo, pero suficiente para llevar puesto el gorro de lana con los colores negro y amarillo del equipo de hurling de Kilkenny. Caminando, caminando, hasta llegar al banco. Allí estaba Egoitz… y Leire, una ex-compañera de clase. ¿Qué pintaba ella allí? Tal vez se la hubiera encontrado Egoitz mientras lo esperaba y, claro, ella también quería verlo. En definitiva, eran conocidos y la relación entre ambos siempre había sido cordial. Daba igual. Ya tendría tiempo para disfrutar de la compañía de Egoitz en exclusiva. Egoitz sonrió al ver a Alex, se levantó y salió corriendo hacia él. Ambos se fundieron en un abrazo. Alex apretaba con fuerza el cuerpo de Egoitz, necesitaba sentirlo cerca, asegurarse de que no era un sueño. Sintió deseos de besarlo, pero la presencia de Leire le hizo contenerse. No por él, sino por Egoitz.

– Ya estoy aquí.

– Alex, tío, qué bien te ves.

– Y tú, Egoitz. Estás que te sales.

– Mira quién ha venido a saludarte también.

– Leire, ¿qué tal?

– Muy bien. Egoitz me ha dicho que venías hoy y no       quería dejar pasar la ocasión de saludarte. Nos tienes olvidados. Podías haber escrito alguna carta a la peña de clase.

– Ya, pero es que he estado muy liado en Irlanda. No te imaginas la de cosas que tenía que hacer.

– Vale, acepto pulpo como animal de compañía.

– Gracias, guapa.

Continuaron hablando, palabras, palabras, palabras, cuando Alex lo que quería era compartir con Egoitz su cuerpo y su alma, sin testigos. Necesitaba comunicarse con Egoitz sin decir nada, mirándose a los ojos, agarrados de la mano, desnudos, rozando sus cuerpos, besándose con ternura y pasión. Palabras, ¿para qué cuando todo está dicho? Pero Leire continuó hablando:

– Ya hace casi dos meses desde que salgo con Egoitz y me ha hablado mucho de ti…

 

El mundo se detuvo, Alex estaba solo. No corría el aire, no hacía frío, ni calor. “Los cálidos juegos duraron muy poco y la noche se los lleva lejos. Flor de verano, ya todo acabó. Tal vez soñé que vivías feliz junto a mí, siempre feliz entre mis brazos”. Esta canción era todo lo que oía Alex. Y salió corriendo, llorando. Esa fue la última vez que vio a Egoitz.

 

Se encerró en su cuarto, se dejó caer sobre la cama. Había empezado a llover fuera y la lluvia golpeaba con fuerza la ventana. No quería pensar en nada. Las lágrimas brotaban incansables de sus ojos. Lluvia fuera, lluvia dentro. Gotas de agua tras los cristales, lágrimas sobre la almohada. Y muy a su pesar, era capaz de recordar. Recordaba el mes de mayo, todos los momentos de felicidad en compañía de Egoitz. Recordaba junio, con sus momentos de impotencia, de desesperación. Recordaba el verano y el otoño. Pero había llegado el invierno: fuera y dentro.

(´continuará…)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s