Siempre quise ser valiente (5)


CAPÍTULO 5

Brian llegó a la hora acordada. De camino al pub le contó su historia. Todo en Irlanda parece tener su leyenda. Kyteler’s Inn era el pub más antiguo de Kilkenny

El local había sido la residencia de una mujer de alta alcurnia entre la nobleza local. Debido a su enemistad con el clero y los gobernantes, fue acusada de brujería y condenada a morir en la hoguera. La noche anterior a la ejecución, su criada personal fue a verla por última vez. Cuando la pira ya estaba ardiendo y consumiendo a la condenada, alguien se percató de que la víctima no era Kyteler, sino su criada. En ese momento, un gato negro apareció corriendo entre la multitud, se lanzó a los ojos del obispo, y desapareció. Nunca más se volvió a saber de Kyteler. A la entrada del pub, un letrero que recordaba al gato negro anunciaba su nombre: Kyteler’s Inn. Entraron y se sentaron alrededor de una mesa de madera, maciza, sólida. Las paredes de piedra labrada, la decoración, la música tradicional irlandesa conferían un carácter mágico, casi místico al lugar. Alex esperaba ver aparecer a la bruja en cualquier lugar, deslizándose por el suelo sin mover los pies, levitando orgullosa. Brian se dirigió a la barra y regresó portando dos pintas de la famosa Guinness, con su color negro y su espuma bien trabajada. En unos minutos llegaron sus amigos.

 

El primero en llegar fue Kevin, un muchacho de 17 años, compañero de clase de Brian. Era un poco más bajo que Brian y que Alex, pero sus facciones marcadas le hacían aparentar ser mucho más mayor que ellos. Sin tener tiempo para proceder a las presentaciones, aparecieron Stephen y Tom. Ambos tenían 18 años. Stephen era otro típico irlandés: pelirrojo, pecoso, algo gordito. Sin embargo, Tom era diferente: alto, moreno, ojos oscuros, con un piercing en su ceja derecha. Podría pasar por italiano sin ningún problema.

 

– Alex, te presento a Kevin, Stephen y Tom.

– Mucho gusto.

– Lo mismo, – dijeron los tres al mismo tiempo.

– Brian nos ha hablado mucho de ti, – dijo Kevin. Ya teníamos ganas de conocerte.

– Sí, – replicó Stephen, – y nos ha dicho que irás a la misma clase que nosotros.

– Eso espero, – replicó Alex, – La verdad es que tengo que darle las gracias a Brian por todo lo que ha hecho por mí.

Por fin, Tom se dirigió a Alex:

– Ten cuidado con Brian, chaval. Es un poco rarito. Seguro que espera algo a cambio.

– Cállate, imbécil, – respondió Brian.

– Eh, no te pongas así, estaba bromeando.

Y todos estallaron en carcajadas, excepto Brian.

 

Agosto llegaba a su fin y todo iba a las mil maravillas. Alex estaba integrado, tenía un grupo de amigos. Ya habían publicado las listas del curso y los cinco compartirían clase. Los padres de Alex también habían entablado amistad con varias familias de la zona. Todo parecía estabilizarse.

Septiembre llamaba a la puerta con todo lo que implicaba: el comienzo del curso escolar, las actividades extraescolares, la lluvia, el frío, la noche a partir de las cuatro de la tarde.

 

 

Querido Egoitz:

Te escribo porque no he recibido ninguna carta tuya hace tiempo. ¿Te pasa algo? Seguro que has ido mucho de fiesta en la Aste Nagusia. ¿No habrás conocido a otro chico, no? Que no me entere yo, eh, pillín. Pues mañana empiezo el curso. Estoy un poco nervioso. Conozco a cuatro compañeros de clase. Espero que los demás sean como los que conozco.

Mis padres están muy bien. ¿Qué tal te va a ti? A ver si me escribes y me cuentas tus movidas de agosto. ¿Has ido de vacaciones a algún lado? Aquí empieza a hacer un frío que pela. Me he comprado un gorrito de lana. No veas qué mono que voy. Me gustaría tenerte aquí estas frías noches de invierno y abrazarte toda la noche.

Aún no le he dicho a nadie que soy gay, pero antes de Navidad se lo pienso decir a Brian. Seguro que me comprende. Es un tío de puta madre. Oye, ¿por qué no te vienes tú en Navidad? Pregúntales a tus aitas. ¿Lo harás? Espero verte pronto. Te quiero. Alex.

 

 

Alex no podía evitar cierto nerviosismo. St Kieran’s era un centro educativo que le recordaba a los internados ingleses que había visto en películas como ‘El Club de los Poetas Muertos’. Se vio reflejado en uno de los grandes ventanales que rodeaban la entrada al edificio principal y esbozó una sonrisa al verse vestido con el uniforme: camisa blanca, pantalón y corbata grises y chaqueta verde oscuro. Aún era pronto. Se sentó en un banco situado junto al campo de hurling y comenzó a observar el comportamiento de las docenas de cuervos que rondaban por el césped.

 

– Alex, buenos días, vamos o llegaremos tarde. Sígueme.

Alex se levantó, cogió su mochila y fue tras Brian, observado al resto de alumnos, charlando en grupos, unos en voz baja y otros a voz en grito. Los pasillos del edificio estaban engalanados con cuadros de antiguos alumnos, profesores, alcaldes y demás personas famosas que habían pasado por las aulas del centro. Definitivamente, Irlanda era una suma de hechos pasados siempre presentes y proyectados hacia el futuro.

 

Afortunadamente, a Alex le correspondió sentarse justo detrás de Brian. Su cercanía le daba mucha confianza. Esa mañana el profesor se dedicó a enumerar las normas que debían seguirse dentro y fuera del aula, les proporcionó un listado con el material y libros de texto que debían adquirir y, poco después de las 11, les dio permiso para abandonar el centro, emplazándolos al día siguiente a las 9 de la mañana.

 

– Alex, tengo una sorpresa para ti.

– ¿Una sorpresa? ¿Qué tipo de sorpresa, Brian?

– Todavía tengo que mostrarte uno de mis lugares favoritos de Kilkenny. Además es un sitio muy especial para mí. Vamos.

 

Dejando a sus espaldas St Kieran’s, pasaron junto al cine, el ayuntamiento, el museo, la destilería de cerveza y siguieron avanzando. Esa parte de la ciudad era nueva para Alex. Nunca había llegado hasta ese extremo simplemente porque creía que no había nada más interesante en aquella dirección. Alejarse del castillo y de su parque era alejarse de su mundo más conocido.

 

– Mira, Alex. Te voy a llevar al lugar que dio origen al nombre de esta ciudad. Muchos de los topónimos de la Irlanda actual son adaptaciones inglesas de nombres gaélicos del pasado. Kilkenny es la manera en que los ingleses oían pronunciar el nombre gaélico del pueblo, ‘Cill Chainigh’. ‘Cill’ significa iglesia y ‘Chainigh’ es el nombre de un santo, el patrón de la ciudad. Allí es donde vamos, a la catedral de San Canice.

– Aparte de eso, ¿qué tiene de especial?

– La iglesia en sí, nada. Pero espera y verás.


Comenzaron la ascensión final hacia el promontorio sobre el que se elevaba la iglesia de San Canice. Unas escaleras estrechas, erosionadas por la lluvia, el viento, el paso del tiempo y los zapatos, claro, les conducían hacia los muros que rodeaban el lugar. Según ascendían más y más, algo rasgaba el cielo azul, impropio del otoño en la isla esmeralda. Algo similar a una gran chimenea se alzaba intentando alcanzar las nubes que aparecían dispersas sobre sus cabezas. Alex no podía desviar la mirada de aquella columna. Cuando por fin alcanzaron la entrada al recinto, Brian empujó con su mano una puerta de hierro negra, que ante su empuje, les cedió el paso.

 

– Mira, Alex. Esto es una torre circular. Antiguamente, todas las iglesias y monasterios tenían una, que servía de puesto de vigía. Si te fijas, verás que la entrada está a tres metros del suelo. Cuando venían invasores o ladrones, el vigía daba la voz de alarma y todos los habitantes trepaban por una escalera de mano hasta la entrada, quitaban la escalera y se encerraban hasta que el peligro pasase.

– ¿Y se puede subir ahora?

– Sí, claro, sígueme.

Brian conocía al chico que se encontraba al pie de la torre cobrando una entrada simbólica. Sin tener que soltar un euro, Brian comenzó a ascender la escalinata de hierro que conducía a la abertura que hacía las veces de entrada a la torre. Alex lo siguió y según agachó su cabeza para acceder al interior de la torre, pudo sentir la humedad en su piel, un escalofrío recorriendo todo su cuerpo. Los espíritus danzaban en la oscuridad.

– Ten cuidado al subir, Alex. Está oscuro y las escaleras son muy estrechas.

La torre tendría un diámetro inferior de 4 metros y se estrechaba según iban subiendo los 30 metros de altura. Las escaleras de madera, de mano, acababan cada 5 metros, donde un descansillo daba paso a una nueva escalera. Cuando se cruzaron con dos personas que bajaban hubieron de retroceder hasta el descansillo anterior. Cuando ya habían alcanzado casi la cúspide, Alex observó que la luz penetraba en la torre a través de una pequeña abertura. Llegados a ella, hubieron de introducirse por dicho agujero y así salir al exterior. Brian se quedó observando el horizonte, absorto, sin pronunciar una palabra. Alex apoyó sus brazos en la barandilla. Ante sus ojos se extendía toda la ciudad, sus calles, sus casas, el río Nore, el castillo. Una ligera brisa le traía susurros de los árboles, de los pájaros, del lejano mar. Más allá de la ciudad, un océano verde lo cubría todo. Su corazón latía pausadamente, maravillado por la belleza de la escena. Su alma abandonó su cuerpo y comenzó a volar en las alturas, dejándose mecer por el viento, un viento que musitaba: Egoitz. El viento traía recuerdos de su amor, recuerdos de un lugar lejano y los lanzaba contra Alex suavemente.

 

Cuando Alex volvió a la realidad, observó que Brian estaba llorando.

– ¿Qué te pasa, Brian?

– Nada.

– Venga, tío. Nunca te había visto llorar. ¿Qué te pasa?

– Es la primera vez que subo a la torre desde que… desde aquel día.

Alex no quiso preguntar nada más. Simplemente extendió su mano hasta colocarla en el hombro de su amigo. Brian levantó la cabeza. Las lágrimas se habían apoderado de su rostro, dejando una hilera de matices azulados cuando la luz brillaba en su rostro.

– Hace casi un año, una persona muy especial para mí subió a esta torre. Yo sé lo que ocurrió. Fue un accidente. La gente dice que se quitó la vida. Pero no, fue un accidente. Yo lo sé. Aquel día todas mis ilusiones se fueron con ella. Era mi chica.

 

 

Hola Alex:

Perdóname por no haberte escrito antes, pero es que he tenido una mala racha en casa y he estado muy ocupado. ¿Qué tal te va por ahí? Espero que todo esté bien. Por aquí todo como siempre. Ya hemos empezado las clases. Vaya coñazo.

Te tengo que dejar. Tengo que estudiar la leche de cosas y como no apruebe los exámenes, mis viejos me cuelgan. Ya te escribiré en otro momento. Un saludo, Egoitz.

PD. No podré ir a Irlanda en Navidad.

(…continuará…)

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