Siempre quise ser valiente (3)


CAPÍTULO 3

Querido Egoitz:

Ya llevamos dos semanas en Kilkenny. Te echo de menos. No dejo de preguntarme por qué ha tenido que ocurrirnos esto. La vida puede ser cruel. Espero que esto no dure mucho. Mi padre dice que puede que volvamos en un año o dos. Puede. No quiero pensar en la palabra ‘siempre’. Me da escalofríos. He intentado seguir tu consejo. Quiero comenzar una nueva vida aquí, sin mentiras. Todo es nuevo y quiero ser transparente, que no haya engaños, que la gente me conozco tal y como soy. Sólo siendo sincero conmigo mismo y con los demás podré soportar esto y extraer algo positivo de esta experiencia.

Mis padres ya me han apuntado a una escuela. Se llama St Kieran’s. Aquí todavía hay colegios privados exclusivos para chicos. Espero que el inglés no sea un gran problema. Allí me defendía muy bien pero aquí me cuesta más entender a la gente. Voy a pasarme el verano yendo a clases particulares para mejorar mi comprensión y poder hablar mejor. Mis padres son muy felices aquí y yo intento disimular todo lo que puedo. Pero cuando por la noche estoy solo en la cama no puedo evitar ver tu rostro en la oscuridad. Cuando cierro los ojos me veo junto a ti, agarrados de la mano, paseando al atardecer por la orilla del mar. Entonces llega hasta mis labios el agua salada, pero no la del mar, sino la de mis ojos.

Cuando amanece intento ser feliz, porque algún día todo esto será sólo un recuerdo en mi vida, o mejor dicho, en nuestra vida. Y no quiero que sea un mal recuerdo. No te puedo olvidar pero no merece la pena cerrarme en mí mismo y ver pasar el tiempo. Sabes que te quiero.

Un beso, Alex.

 

 

Alex cerró el sobre, se calzó los zapatos y salió de casa. Eran las once de la mañana de un sábado de julio. Se cruzó con un grupo de niños pelirrojos que jugaban con unos palos largos y una pelota. Se le quedaron mirando y le saludaron haciendo muecas. Alex les sonrió y les saludó con la mano. Cruzó la carretera de Waterford y se encaminó hacia el centro de la ciudad por Nuncio’s Road. Pasó junto a un campo donde un grupo de muchachos jugaba al deporte ese raro de los palos largos. Se detuvo un instante y pensó que todo era nuevo para él: la gente, las costumbres, la comida… Todo aquello requería de él un gran esfuerzo para intentar adaptarse a su nueva vida. Ya había aprendido la primera lección: la vida puede hacer daño.

 

Cuando alcanzó los muros que rodeaban el Castle Park  decidió dejar el asfalto y entrar en el parque. Tardaría un poco más pero quería aprovechar los rayos de sol, tan escasos en aquella tierra. El parque era un bullicio de niños con sus padres correteando por la interminable pradera verde, otros permanecían sentados sobre la hierba, parejas agarradas de la mano que se perdían detrás de las lomas suaves que desde lo alto dominaban la llanura. La vista no alcanzaba a ver el parque en toda su extensión. Siguió caminando y en el horizonte pudo observar el edificio que daba nombre al lugar, el castillo de Kilkenny, imponente, majestuoso, con sus tres esbeltas torres dominando el verde mar que se extendía a sus pies. Decidió tumbarse un momento y observar el cielo azul y las nubes de algodón. En estado semihipnótico, despertó cuando algo le golpeó en la cabeza. Incorporó su cuerpo y pudo ver que un muchacho se dirigía hacia él. Había llegado el momento de entablar una conversación con un extraño.

 

– Perdona por haberte dado con la bola.

– No pasa nada, toma.

– Gracias.

 

Prueba superada. No habían sido más que dos típicas frases, pero al menos había sido capaz de articular algún sonido. Miró su reloj. Mediodía. Debería apresurarse si quería llegar a la oficina de correos con tiempo. Debía enviar parte de su alma en un sobre a la otra parte de su alma. Salió del Castle Park y enfiló High Street. Parecía que los 15.000 habitantes de Kilkenny se encontrasen allí. Avanzó a duras penas entre ellos hasta alcanzar su objetivo. Se situó en la larga fila que conducía la única ventanilla abierta.

– Hola.

Alex se giró y comprobó que justo detrás de él se encontraba el mismo muchacho con el que hablaba de hablar en el parque.

– Tú no eres de aquí, ¿verdad?

– No, soy de España. Llevo aquí dos semanas.

– ¿Estás de vacaciones?

– No, mi padre trabaja aquí. Viviremos aquí por algún tiempo.

– Yo me llamo Brian, ¿y tú?

– Alex.

– Encantado de conocerte, Alex.

– Lo mismo, Brian. Por cierto, una duda, ¿cómo se llama ese deporte de los palos largos que practicáis todos aquí?

– Ah, hurling.

– Oye, Alex, si vas a vivir aquí tendrás que ir a algún colegio.

– Sí, al St Kieran’s. ¿Lo conoces?

– Claro. Yo también voy al St Kieran’s. Igual vamos a la misma clase este año. Te toca.

– ¿Qué?

– Que es tu turno.

– Ah, sí. Un sello de 24 céntimos, por favor. ¿Qué edad tienes?

– Acabo de cumplir 17 años.

– Yo los cumplo en octubre, así que es posible que estemos en la misma clase. Bueno Brian, me tengo que ir a casa. Ya nos veremos.

– Vale, Alex. ¿Dónde vives?

– En el 6 de Castle Lawns, en la carretera de Waterford. ¿Sabes dónde está?

– Sí, no vivo lejos.

– Pues si quieres, pásate esta tarde por casa. La verdad es que no conozco a nadie de mi edad todavía.

– Vale, me pasaré sobre las 3. Nos vemos.

– Adiós, Brian.

 

Querido Alex:

Me hizo mucha ilusión recibir tu carta. Ha pasado un mes desde que te fuiste y esto no es lo mismo sin ti. Todos te echamos de menos, pero yo más que nadie. No quiero que llores, pero yo tampoco quiero llorar y no puedo evitarlo. ¿Recuerdas la foto de clase del año pasado? Me paso horas y horas mirándolo, fijándome en tu pelo, imaginando que juego con él entre mis dedos, en tus ojos azules y me gustaría tenerte aquí y abrazarte, acariciarte, besarte.

Me reafirmo en lo que te dije: eres un valiente. Yo no me atrevo a decirle a nadie que soy gay. ¿Sigues pensando en salir del armario? Jo, vaya expresión más horrorosa. Yo prefiero llamarlo ‘reconciliarte con el mundo’. He leído en algún sitio que en Irlanda odian a los gays. Ten cuidado con lo que haces, ¿vale? No quiero que te pase nada.

¿Crees que vendrás a Bilbao por Navidad? Ojalá vengas. Necesito sentirte cerca. Ya casi no salgo los fines de semana, no me apetece ir con los de siempre a donde siempre a hacer lo de siempre si tú no estás conmigo.

Bueno, Alex, cuídate, por favor. Espero tus noticias. Un beso, Egoitz.

 (…continuará…)

3 Respuestas a “Siempre quise ser valiente (3)

  1. Genial esta frase: “Debía enviar parte de su alma en un sobre a la otra parte de su alma.”
    Muy hermoso el relato. Por ahí leí de un best seller Irlandés con un tópico similar. No me acuerdo ni el nombre ni el autor. Lo averiguaré y te cuento por si lo conoces.

  2. Fernando: Terminé de leer el relato. Creo que has dado un paso importante como escritor, al compartir este trabajo. Es una excelente historia, muy íntimista y comprometida. Ojalá sigas escribiendo y perfeccionando el estilo. Quizás estés llamado a eso y debes ser perseverante.
    Sobre el libro que te dije, talvez lo conoces, se llama “Nadan dos chicos” de Jamie O’Neill, Chesús Yuste escribió algo sobre él en un post reciente en Innisfree.
    Saludos cariñosos.

  3. Fernando: Perdona pero después de escribir lo anterior me encontré con una entrada tuya sobre este libro, escrita el 18 de Agosto de 2007. Veo que has leído el libro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s